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Amante En La Sombra, novela · Capítulo 16 de 16

Capítulo 16: Mi propia luz

La casa de la ladera tenía el techo terminado un mes después.

Ignacio me llevó de la mano por el sendero de piedra, entre buganvillas y árboles de mango, con los ojos vendados con su pañuelo.

"No mires."

"No miro."

"Mentirosa."

"Estoy mirando por debajo."

Se rio.

Me detuvo frente a una puerta de madera recién barnizada.

"Ahora."

Me quitó el pañuelo.

Parpadeé.

Era la casa colonial que había restaurado durante meses.

Tejas rojas.

Muros de cal blanca.

Un balcón corrido con barandas de madera tallada.

Y en la puerta principal, a la altura de los ojos, una placa de bronce nueva, pulida, con letras grabadas.

"Renata Gaviria. Traducciones."

Me quedé quieta.

"Ignacio."

"Es tu estudio", dijo. "Arriba hay una habitación con vista al mar. Escritorio, estantes, lámpara."

"Es demasiado."

"No es nada." Me rodeó la cintura con los brazos. "Quería que tuvieras un lugar con tu nombre. En la puerta. Donde cualquiera lo pueda ver."

Se me hizo un nudo en la garganta.

No dije nada.

Me puse de puntitas y lo besé.

Entramos.

La casa olía a cera de abeja y a madera nueva.

Había cuadros apoyados en las paredes sin colgar.

Plantas en las esquinas.

Un sillón de mimbre en el patio central, con una fuente de piedra.

Subimos por la escalera de madera cepillada a mano.

El estudio ocupaba todo el segundo piso.

Un ventanal enorme con el mar de fondo.

Un escritorio de roble.

Estantes vacíos esperando libros.

Y sobre el escritorio, en un jarrón de barro, un ramo de girasoles.

Enormes.

Amarillos.

Todavía con gotas de agua.

Me temblaron las manos al tocarlos.

"Me dijiste cuáles eran tus favoritas", murmuró Ignacio.

"Una vez. En la terraza."

"Una vez bastó."

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