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Amante En La Sombra, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: Las noventa y nueve

Una de las parecidas le revela la carpeta del celular, el nombre equivocado en la cama y que Josefina lo dejó supuestamente por plata.

Pasé dos días en cama, con una bolsa de agua tibia en el vientre y el celular apagado.

Al tercero salí a la calle por primera vez.

Fui a un café pequeño de la Macarena, con mesas de hierro y un olor intenso a grano tostado, donde nadie me conocía.

Pedí un tinto.

Abrí el portátil para trabajar en una traducción pendiente y no pude escribir una sola línea.

"Perdona."

Levanté la vista.

Una mujer joven estaba parada junto a mi mesa.

Veintiocho, treinta años.

Pelo negro largo, flaca, ojos oscuros.

Se parecía a mí.

Lo supe antes de que hablara.

"¿Eres Renata?"

"¿Nos conocemos?"

"No." Se mordió el labio. "Pero te he visto. En la pantalla de un celular."

Me quedé quieta.

"Mi nombre no importa", dijo. "Fui una de las..." Dudó. "Una de las parecidas. Hace cuatro años."

Sentí un calambre en el vientre.

No supe si fue por el procedimiento o por la frase.

"Siéntate", dije.

Se sentó.

Pidió un agua con gas.

Tardó un minuto largo en hablar.

"Te vi hace unas semanas en el supermercado, de lejos. Te conocí de inmediato por la foto." Dio un trago. "Valentín nos tenía a todas guardadas en una carpeta del celular. Con número. Yo era la cuarenta y uno."

Se me heló la sangre.

"¿Una carpeta?"

"Con fecha, nombre y cómo le había ido." Sonrió, con amargura. "No me lo contó él. Lo vi un día que me prestó el teléfono."

"¿Y tú qué...?"

"Yo me acosté con él tres veces." Encogió los hombros. "Era guapo. Y me ofreció una cena, un regalo. Yo estaba pasando un mal momento y creí que era un hombre roto."

"¿Y era?"

"Era un hombre que quería ver a otra persona."

Hizo una pausa.

"No me besaba en la boca. Cada vez que yo me acercaba, volteaba la cara. Y en la cama..." Se le quebró la voz. "Me llamaba Jose."

Cerré los ojos.

"La primera vez me asusté. La segunda me hizo gracia. La tercera, lloré." Cruzó las manos. "Me fui sin decirle nada. No volví a verlo."

El café estaba lleno de ruido.

Cucharas, voces, una licuadora.

Yo solo oía el latido de mi propio pulso.

"¿Por qué me lo cuentas?"

"Porque yo era la cuarenta y uno." Me miró a los ojos. "Pero tú duraste tres años. Y nadie dura tres años con la sombra de otra. Algo tenía contigo."

"Ahora ya no."

"¿Ya no?"

"Volvió ella."

La mujer asintió.

"Me enteré por un grupo."

"¿Qué grupo?"

"Un chat de WhatsApp." Sonrió tristemente. "Se llama 'Las que no fuimos'. Somos setenta y tantas. Compartimos cosas. Sobre él."

Casi me río.

Casi me desmayo.

"Setenta y tantas."

"Las demás no quieren hablar. Les da vergüenza." Me tocó la mano. "Yo pensé que tú necesitabas saber que no estás loca."

"No estoy loca."

"Contigo fue distinto, ¿verdad?"

Pensé en tres años.

En las madrugadas de domingo.

En su mano en mi pelo.

En un detalle que había olvidado hasta ese momento.

La primera noche.

En el hotel de Usaquén, cuando él se durmió apoyado en mi hombro.

Y murmuró, en sueños, una sola palabra.

"Jose."

Yo había pensado que era un apodo cariñoso.

Que era mi nombre acortado, mal pronunciado por el sueño.

Me tapé la boca con la mano.

"A mí también me lo dijo", susurré.

"¿La primera noche?"

"La primera."

La mujer asintió, sin lástima.

Con la misma tristeza tranquila de quien ya pasó por lo mismo.

"No eres tú el problema", dijo. "Nunca lo fuiste."

Guardé silencio.

Me ardían los ojos.

No quería llorar delante de una desconocida.

"Gracias", dije al fin.

"Una cosa más."

"Dime."

"Hace años, cuando yo lo conocí, me contó que Josefina lo había dejado 'por plata'."

Levanté la cabeza.

"¿Por plata?"

"Eso dijo. Que se fue por dinero." Frunció el ceño. "Pero nunca dijo de quién. Y nunca se le ocurrió preguntarlo. Le dolía más pensar que ella lo cambió que saber por qué."

Algo se movió en mi cabeza.

No supe qué.

Una pieza que no encajaba.

La mujer se levantó.

Dejó un billete en la mesa y se fue sin mirar atrás.

Me quedé sola con mi tinto frío.

Y con la primera sensación en tres días que no era dolor ni vacío.

Curiosidad.

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