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Amor profundo que llega tarde, novela · Capítulo 8 de 24

Capítulo 8: La luna

Llegamos a Cordón Blanco a las once y media, con la nieve crujiendo bajo las ruedas del auto.

La estación estaba cerrada.

Los telesillas colgaban inmóviles contra el cielo negro, y las luces de la base se habían apagado.

Tobías detuvo el motor junto a la barrera.

"No se puede pasar", dijo.

"Se puede a pie."

Bajé.

Hacía un frío cortante, limpio, de ese que se mete por la nariz y se queda en los dientes.

Me puse el gorro y los guantes.

Él me siguió sin discutir.

Subimos por la ladera norte, en silencio, con las linternas apagadas, guiados por la luz de la luna.

Estaba enorme.

Una moneda de plata, perfecta, colgada sobre la cresta, que lo iluminaba todo de azul.

La nieve parecía hecha de vidrio.

Reconocí el lugar por el temblor de mis piernas.

Un borde.

Una pendiente que caía hacia un canal ancho, ahora liso y blanco.

Allí había sido.

"Aquí", dije.

Tobías se detuvo junto a mí.

Su respiración formaba nubes pequeñas.

"Isa, esto es una locura. Estás agotada. Volvamos."

"Falta poco."

Me paré en el borde, con los brazos caídos.

Esperé.

El viento se detuvo.

Se detuvieron también los crujidos del hielo.

La nieve a mis pies empezó a brillar.

Una luz suave, blanca, subió desde el suelo, como si alguien hubiera encendido una lámpara debajo.

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