Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas, novela · Capítulo 3 de 24
Capítulo 3: El asiento de atrás
Primera vez en el coche, con la cámara del tablero encendida.
Me subí el cierre con la mano libre y bajé la ventanilla una rendija.
"Rodolfo."
"Salinas."
Se agachó para mirar adentro, con la sonrisa de vendedor de siempre.
"Perdona que te interrumpa."
"Vengo a cambiarte el cable de la cámara."
"Dicen que está fallando."
"Ahorita no."
"Veo que están muy concentrados en la clase."
Daniela se había encogido en su asiento, con la falda en su lugar y la cara apoyada en la ventana, y fingía revisar el celular.
"Estoy terminando una práctica de estacionamiento", dije.
"Qué dedicación." Echó un vistazo al vidrio empañado. "Mañana lo cambio, no hay prisa. Yo cierro el portón, tú sigue tranquilo."
Se enderezó, golpeó dos veces el techo con la palma y se alejó entre los conos con las manos en los bolsillos.
Esperé a que se perdiera detrás de la caseta.
Después me volví hacia Daniela.
Ella me estaba mirando con los ojos enormes y una mano sobre la boca.
Se le escapó una carcajada ahogada.
"Casi nos mata de un susto."
"Casi."
"¿Se dio cuenta?"
"Se dio cuenta de todo", dije. "Pero se va a callar."
"¿Cómo lo sabe?"
"Porque conozco a Rodolfo."
No tuve tiempo de explicarle más, porque ella se había desabrochado la blusa.
Botón por botón, sin apartar los ojos de mí.
Debajo llevaba un sostén blanco de encaje, y sus tetas pesadas lo llenaban de sobra, con los pezones marcándose a través de la tela.
"Instructor."
"Ven atrás."
Salimos por puertas distintas.
Nos metimos al asiento trasero, y cerré con seguro.
Los vidrios estaban empañados por completo; afuera, el estacionamiento era una mancha anaranjada.
Daniela se arrodilló en el asiento, de frente a mí, con las rodillas a los lados de mis muslos.
"Quítese la camisa."
"Tú primero."
Se quitó la blusa, el sostén, y las tetas le cayeron libres, morenas, grandes, con los pezones oscuros y duros.
Me las comí con los ojos antes de tocarlas.
Después las tomé con las dos manos, las apreté, y bajé la boca para chuparle un pezón.
Gimió.
Le mordí la punta con suavidad y ella me clavó las uñas en la nuca.
"Ay, dios, instructor."
"Octavio."
"Octavio." Lo dijo como una oración. "Octavio, por favor."
Le chupé el otro pezón, lento, con toda la lengua, mientras mi mano subía por su muslo hasta la falda.
Le arranqué la tanguita de un tirón.
Ella se rio con un jadeo.
"Era la única que tenía limpia."
"Te compro otras."
La recosté de espaldas sobre el asiento, con una pierna doblada y el pie contra la puerta, y me hundí entre sus muslos.
Olía a mujer, a sudor limpio, a ese dulce de canela que le salía de la piel.
Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, abriéndola con los pulgares, y ella arqueó la espalda con un grito ahogado.
"Octavio..."
"Calla."
Le lamí el clítoris con la punta, con movimientos pequeños, rápidos, y después con toda la lengua plana, despacio, como si estuviera probando un postre.
Ella se mordía el antebrazo para no gritar.
Le metí dos dedos mientras la chupaba, curvados hacia arriba, y encontré ese punto que la hizo temblar de los pies a la cabeza.
"Ahí... ahí..."
"Dime qué quieres."
"Quiero venirme en su boca."
"Venirte en mi boca, ¿qué?"
"Quiero venirme en su boca, instructor."
"Buena alumna."
Chupé más fuerte y los dedos hicieron un círculo adentro.
Ella explotó contra mi cara con un gemido largo, empapándome la barba, con los muslos apretándome las orejas.
Seguí lamiéndola hasta que se quedó laxa.
Cuando me incorporé, tenía la cara brillante y ella me miraba con los ojos vidriosos.
"Ahora usted", dijo.
"Yo ya me vine."
"Dos veces. Es lo mínimo."
Me tiró del cinturón.
Me desabrochó el pantalón, me bajó el calzón y mi verga saltó dura, gruesa, otra vez lista.
Ella la miró con hambre.
"Madre mía."
"No pongas esa cara."
"Es que es enorme."
Se inclinó y me lamió la cabeza con la punta de la lengua, probando.
Después me la metió en la boca todo lo que pudo.
Dejé caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo.
Su boca era caliente, mojada, desordenada.
Me la chupaba con entusiasmo, ruidosa, con las dos manos en la base.
Cuando se atragantó un poco levantó los ojos para mirarme y sonrió con la verga entre los labios.
"Me vas a matar", le dije.
Me sacó de la boca con un chasquido húmedo.
"Quiero que me coja."
"¿Aquí?"
"Aquí. Ahora."
Tomé su cara entre las manos.
"Mírame. Si hacemos esto no hay marcha atrás."
"Instructor", dijo, con un brillo de burla. "Eso se dice 'marcha atrás'. Y yo ya aprendí a usarla."
Me reí contra su boca y la besé, por primera vez en la boca, con lengua, con hambre, saboreándome a mí mismo en sus labios.
La acomodé encima de mí, a horcajadas.
Se alineó con la mano, y se fue dejando caer despacio, abriéndose alrededor de mi verga, centímetro a centímetro.
Estaba tan apretada que tuve que cerrar los ojos.
Hasta el fondo.
Los dos gemimos.
Se quedó quieta un momento, con las manos en mis hombros y la frente pegada a la mía.
"Qué rico", susurró. "Qué rico, Octavio."
Empezó a moverse.
Arriba y abajo, con las caderas, con las rodillas hundidas en el asiento de vinil, con las tetas rebotando frente a mi cara.
Le agarré las nalgas con las dos manos y la guié, más fuerte, más hondo, golpeándola contra mí.
El coche entero crujía.
Los vidrios se mojaron de vapor.
"Así", dije contra su cuello. "Así, mi alumna. Muy bien. Sigue."
"No pare... no pare..."
"No voy a parar."
Le mordí el hombro, y ella apretó por dentro.
La sentí temblar otra vez, cerrarse alrededor de mí con un espasmo.
"Voy a venirme", jadeó.
"Vente. Conmigo."
Me vine adentro de ella, con un gruñido contra su garganta, empujando hasta el fondo, mientras ella gritaba mi nombre sin importarle quién oyera.
Nos quedamos abrazados, sudando, con el corazón desbocado.
El estacionamiento seguía en silencio.
Un grillo cantaba en algún lugar.
Pero yo no había bajado ni un poco.
Ella lo sintió todavía dentro y levantó la cabeza.
"Instructor", dijo, con los ojos entrecerrados. "Sigue duro."
"Contigo, sí."
"Entonces no se salga."
Me besó el mentón, la boca, el cuello, y volvió a mover las caderas, lenta, sobre mi semen y su propia humedad.
Sonaba sucio y mojado, y a los dos nos dio risa y más ganas.
La levanté por la cintura, salí de ella con un chasquido y la puse de rodillas en el asiento, de cara al respaldo.
Se agarró del reposacabezas con las dos manos y arqueó la espalda hasta dejar las nalgas en alto.
"Así me gusta", dije.
"¿Cómo?"
"Sin esconder nada."
Le recorrí la columna con la palma, de la nuca a la cintura, y la dejé abierta sobre sus nalgas.
Se las apreté.
Se las separé con los pulgares y la miré, abierta, brillante, escurriéndome entre los muslos.
"Qué rica estás."
"Métamela otra vez."
"Pídelo bien."
"Métamela, Octavio. Hasta el fondo. Por favor."
Entré de golpe.
Gritó contra el vidrio, y su mano quedó marcada en el vaho.
Le enrollé el pelo en el puño y le jalé la cabeza hacia atrás, solo lo justo para que me oyera.
"¿Quién te enseñó a pedir así?"
"Usted."
"Buena alumna."
La cogí con golpes largos y lentos, que hacían chocar nuestras pieles, y después cortos y rápidos, sin dejarla respirar.
Se rio, jadeando, y me apretó con los músculos de adentro como si quisiera darme las gracias.
Le solté el pelo y le agarré las dos muñecas, y se las sujeté en la espalda con una sola mano.
No se resistió; arqueó más la cintura y pidió que se lo hiciera más fuerte todavía.
El asiento de vinil chillaba debajo de sus rodillas.
Ella empujaba hacia atrás para recibirme más hondo, y me decía cosas en voz baja que no repetiría delante de nadie.
"Más rápido, instructor. Más. No pare."
"Dime cuántas veces vas a venirte."
"Las que usted quiera."
Bajé la mano entre sus piernas y le froté el clítoris con dos dedos mojados, al ritmo exacto de las embestidas.
Se le doblaron los brazos y apoyó la frente en el respaldo.
"Ahí viene... Octavio... ahí viene..."
Se vino otra vez, con un temblor largo que le subió por los muslos, y me apretó tanto que me hizo ver blanco.
Me empujé hasta el fondo dos veces más y me vacié en ella, con los dientes clavados en su hombro para no gritar.
Nos desplomamos de lado en el asiento, ella con la espalda contra mi pecho, mi mano abierta sobre su vientre.
Tenía las piernas pegajosas y las rodillas rojas del vinil, y no dejaba de reírse.
"Ya no siento los pies", dijo.
"Tampoco los necesitas para esta clase."
Se giró entre mis brazos y se rio, bajito, con la cara escondida en mi cuello.
"Aprobada la primera clase", murmuró.
"Todavía no."
"¿No?"
Le acaricié la espalda.
Por encima de su hombro, en el espejo retrovisor del asiento delantero, vi otra vez una lucecita roja.
La cámara del tablero seguía encendida.
Y desde el ángulo de su lente, el asiento de atrás se veía perfectamente.