Compradora, comprada por su bestia, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: Desahogo
Rufo acompaña a Inés una noche, con Sirio escuchando al otro lado, hasta que la puerta salta de sus bisagras.
Esa noche cerré la puerta de mi cuarto con llave y me serví una copa de vino.
Rufo estaba sentado en el borde de mi cama, con las piernas cruzadas y la cola enrollada en el tobillo.
"Bonito cuarto", dijo. "¿Quiere que hablemos de cómo le gusta, o prefiere que lo descubra yo?"
"Prefiero que lo descubras."
"Esa es mi respuesta favorita."
Se levantó y vino hacia mí con un andar de gato que no era de gato.
Me quitó la copa de la mano y la dejó en la mesilla.
Olía a canela y a pelo cálido, y sus ojos verdes brillaban con malicia.
"Antes de empezar", susurró, "dígame una cosa. ¿Va a pensar en él?"
"Sí."
"Perfecto. Piénselo con ganas. Yo me encargo del resto."
Me besó.
Fue un beso hábil, sin urgencia, con una lengua que sabía exactamente qué hacer.
Me desabrochó el vestido de espaldas con una sola mano, y la tela verde cayó a mis pies.
Dejó que su boca bajara por mi cuello, por mi hombro, por la curva del pecho, mientras sus manos me recorrían la cintura.
Se arrodilló en la alfombra y me besó el vientre.
Cuando enganchó los dedos en mi ropa interior y tiró hacia abajo, yo ya respiraba por la boca.
"Siéntese en la cama", pidió. "Y abra las piernas."
Me senté en el borde, con el corazón desbocado.
Rufo se acomodó entre mis rodillas, me miró desde abajo y sonrió.
"Vamos a ver qué tan fuerte se puede pensar en un lobo."
Su lengua me recorrió despacio, de abajo hacia arriba, hasta el clítoris.
Gemí, sin querer, y eché la cabeza hacia atrás.
Tenía la lengua áspera y cálida, un poco más ancha que la de un hombre, y la movía con una paciencia perversa.
Me lamió en círculos lentos, me chupó con los labios, me abrió con los pulgares.
Cada vez que yo me arqueaba, me sujetaba las caderas contra el colchón.
"Qué rica es", murmuró contra mí. "Está empapada."
Metió un dedo, después dos.
Los doblaba hacia arriba y los movía como si tocara una música que solo él oía.
Mi respiración se volvió un jadeo largo.
En el pasillo, al otro lado de la puerta, algo crujió.
Madera vieja bajo un peso grande.
Me quedé inmóvil un segundo.
"Es él", susurró Rufo, sin dejar de lamer. "Lleva un rato ahí, de pie."
"No te pares."
"No pensaba hacerlo."
Se rio contra mi piel, y esa risa me hizo vibrar entera.
Pensé en las manos de Sirio en mis mejillas, en el calor de su aliento cuando abrí sus labios para ver los colmillos.
Pensé en su oreja inclinándose hacia mi mano.
Me tapé la boca para que no se oyera mi nombre cuando lo dije.
Era el nombre de otro.
"Sirio", susurré.
Rufo soltó un gruñido divertido, y dobló los dedos con más fuerza.
"Eso. Eso, jefa. Dilo alto."
"Sirio."
Alcancé el orgasmo con un grito corto, doblada sobre su cabeza roja, con los muslos temblando alrededor de sus hombros.
Afuera, el crujido de la madera se detuvo.
Después oí algo que parecía un resoplido.
Rufo me ayudó a tumbarme en la cama, sin prisa.
Se quitó la camisa.
Tenía un cuerpo delgado y nervudo, con pecas en los hombros, y el vientre plano que terminaba en una línea de pelo rojo.
Se desabrochó el pantalón, y su verga saltó libre, dura, de color rosado oscuro, ya brillante en la punta.
"Si quiere que pare, lo digo yo, no usted", bromeó. "Pero tengo la impresión de que no va a querer."
"Ven aquí."
Se acostó sobre mí y me besó otra vez, con mi propio sabor en la boca.
Su cola me hizo cosquillas en el muslo.
Me tomó una pierna y me la colocó alrededor de su cintura.
Sentí la punta de él en mi entrada, caliente, resbalosa.
Respiré hondo.
Rufo empujó un centímetro.
La puerta saltó de sus bisagras con un estruendo que hizo temblar el techo.
El marco se astilló, y la hoja cayó hacia dentro y golpeó el suelo con un golpe sordo.
Sirio estaba en el umbral.
Tenía la camisa abierta, el pelo revuelto, las orejas pegadas hacia atrás y los colmillos al aire.
Los ojos amarillos le ardían como dos linternas.
Respiraba tan fuerte que se le movía todo el pecho, y la cola golpeaba el marco roto.
Rufo se quedó helado sobre mí, con una ceja levantada.
"Hola, buenas noches."
Sirio dio dos pasos, agarró a Rufo de la nuca, como a un cachorro, y lo levantó de la cama.
"Fuera", dijo con una voz que no era la suya.
"Señor lobo, estaba en pleno trabajo."
"Fuera."
Después me miró a mí, desnuda sobre las sábanas, con el pelo desparramado.
Temblaba de rabia, o de otra cosa, y sus ojos amarillos tenían un brillo húmedo.
"Un solo perrito", dijo, ronco, como si le doliera cada sílaba. "Usted solo puede tener un perrito, señorita."
Le brotó una lágrima de cada ojo, y no hizo nada por esconderla.
"Y ese tengo que ser yo."