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Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 5 de 12

Capítulo 5: La Roca del Juramento

El Consejo de Espino Negro se reunía en un claro del bosque, bajo un alerce de mil años.

Había un círculo de piedras planas y una roca grande en el centro, la Roca del Juramento.

Ahí me había reclamado Elio.

Ahí me iba a soltar yo.

Llegué al amanecer, con mi maleta pequeña en una mano y el abrigo cerrado hasta el cuello.

Silvestre Orrego me esperaba al borde del claro, a veinte pasos, con las manos metidas en los bolsillos.

No entró.

Las leyes de las manadas no le permitían pasar el círculo sin invitación.

Pero se quedó mirando, quieto, como un árbol más.

Los ancianos del Consejo ya estaban sentados.

Tres hombres y dos mujeres, con mantas de lana sobre los hombros y caras de funeral.

Detrás, en semicírculo, estaba toda la manada.

Doscientos lobos, de pie, en silencio.

Habían corrido la voz durante la noche.

Entre ellos vi a la señora que me enseñó a hilar lana y al panadero que me regalaba pan caliente.

Vi a la niña a la que le había curado una pata rota el invierno pasado.

Ninguno bajó la vista.

Elio esperaba junto a la roca.

Llevaba la misma camisa de ayer.

Tenía los ojos hundidos y la barba de dos días, y sostenía en las manos mi colgante de plata.

Lo había recogido de la casa de Lago Ranco.

Me paré frente a él, a tres pasos.

"Ámbar Ferrer", dijo la anciana de la derecha. "¿Vienes a esta roca por voluntad propia?"

"Vengo por voluntad propia."

"¿A qué vienes?"

Respiré hondo.

"A rechazar a mi compañero."

Un murmullo recorrió la manada.

Elio cerró los ojos.

"La fórmula", dijo la anciana, "se dice tres veces ante tres testigos. Un lobo que la oye no puede negarla."

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