De su escudo a su pesadilla, novela · Capítulo 4 de 20
Capítulo 4: La finca
La finca de los Orellana estaba al borde del lago de Atitlán, entre cafetales, a media hora en lancha de San Juan la Laguna.
Tenía un muro de piedra volcánica y un portón de madera de guayacán.
La casa era baja, con corredores y geranios, y detrás subían por la ladera los cafetos en filas.
Llegué al amanecer, con las manos todavía brillantes.
El lago estaba plateado, sin una arruga.
Los tres volcanes de la orilla se perfilaban contra un cielo rosa.
Hacía cien años que no lo veía a esa hora.
Cada vez que visitaba la finca llegaba de noche, a escondidas, y me iba antes de que clareara, porque Casimiro no soportaba mi ausencia.
Ahora el sol me daba en la cara.
Me quedé un momento parada en el embarcadero, cerrando los ojos.
"Mija."
Mi madre me esperaba en la puerta, con un delantal blanco y una trenza gris sobre el hombro.
Tenía la cara arrugada y los ojos húmedos.
"Mamá."
"Ven acá."
Me abrazó tan fuerte que me dolieron las costillas.
Olía a pan y a tierra mojada.
"Te fuiste muy pequeña y volviste muy grande", susurró contra mi pelo.
"Tengo ciento treinta y un años, mamá."
"A mí me da igual. Siempre vas a ser mi chiquita."
Detrás de ella, en el corredor, había catorce Orellana alineados como en una foto de familia.
Tías, tíos, primos, mis dos abuelas con sus bastones y el abuelo ciego sentado en una mecedora.
Todos me miraban.
Nadie hablaba.
Rigoberto, a mi lado, carraspeó.
"Bueno, ¿alguien va a decir algo o nos quedamos así hasta el almuerzo?"
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