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Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 11 de 24

Capítulo 11: Los restos

Teresa frenó la venta antes del mediodía.

No necesitó que yo resucitara.

Bastó con presentar ante el juzgado civil una medida precautoria en nombre de "la sucesión de la señora Violeta Rebolledo", con una denuncia de falsificación de firma en el poder notarial y una pericia caligráfica hecha en veinticuatro horas.

El juez congeló la transferencia de acciones por treinta días.

Eliseo lo supo por la tarde.

Me lo contó Teresa por teléfono, con una risa seca.

"Dicen que se puso blanco. Que le tiró el teléfono a su suegro. Que gritó en el pasillo de la clínica."

"¿Gritó?"

"Eliseo Cornejo, el santo. Frente a un enfermero."

No sé por qué, escuchar eso me dio miedo.

Un hombre que grita es un hombre que pierde el control.

Y un hombre que pierde el control es peligroso.

Al día siguiente, Salvador llegó a la pensión a las siete de la mañana con una carpeta bajo el brazo y la cara seria.

Me pidió que me sentara.

"La Fiscalía encontró restos humanos."

Sentí el piso moverse.

"¿Qué?"

"Entre las vigas del dormitorio. Fragmentos de hueso. Una mandíbula parcial."

"Pero yo estaba..."

"Lo sé."

Abrió la carpeta.

Sacó cinco fotografías en blanco y negro, ampliadas.

Huesos ennegrecidos sobre una mesa de acero.

Un maxilar con tres empastes.

Un fragmento de cadera, con una pieza metálica unida al hueso.

"Los entregó la policía de investigaciones a mi aseguradora esta mañana, para el peritaje." Señaló el maxilar. "El doctor Cornejo presentó los registros dentales de su esposa para la identificación. Coinciden."

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