El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 11 de 20
Capítulo 11: Lo que se debe
Rosario le cosió la herida otra vez, con las mismas manos rápidas y el mismo gesto de enfado.
Tardó media hora.
Ezequiel no soltó un solo quejido.
Cuando terminó, ella le puso un emplasto, le vendó las costillas y se limpió las manos en el delantal.
"Esta vez no se abre", dijo. "Pero si te mueves mucho, te la abro yo."
Me miró.
Después miró la cama, el hombre tendido en ella y mi cara.
Sonrió muy poco, de lado.
"Voy a ver cómo está la cocina", dijo, y salió y cerró la puerta.
Nos quedamos solos.
La lámpara de aceite hacía sombras largas en las paredes de madera.
Afuera, el viento golpeaba los vidrios y se oían las voces de los lobos que montaban guardia en el patio.
Ezequiel me miraba desde la almohada.
Tenía el pecho desnudo, vendado, subiendo y bajando despacio.
"Gracias", dijo.
"No me las des."
"Por no dejar que lo matara."
"No lo hice por él."
"¿Por quién?"
Me senté en el borde de la cama.
Me quité las pantuflas.
Me quedé un rato mirándome las manos, todavía manchadas de su sangre.
"Voy a pedirte algo", dije.
"Lo que quieras."
"Quiero tocarte."
Él dejó de respirar.
"Es ahora."
"Si es por lo que pasó afuera..."
"Es por lo que pasó afuera, y por lo de la cocina, y por todo."
"Es por ti, y no solo por ti."
Levanté la vista.
"Es por mí."
"Llevo cuatro meses con el cuerpo vacío."
"Me duele la espalda, me duelen los pies y me falta alguien que me abrace."
"Y el único cuerpo que reconoce el mío está en esta cama."
Se le humedecieron los ojos.
"No es perdón", añadí.
"Lo sé."
"No te lo ganaste."
"Lo sé."
"Esto es mío. Yo lo decido."
"Entonces decídelo."
Me quité el suéter.
Me quité la blusa.
Me quedé en sostén, con la barriga redonda sobre el pantalón de lana, sintiéndome grande y torpe y hermosa a la vez.
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