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El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 18 de 20

Capítulo 18: La cama

Alma se durmió a las diez.

La acosté en la cuna de madera que Ezequiel había tallado él mismo, con las manos grandes y torpes.

Rosario llevaba un mes alabándola en voz alta para que él se pusiera rojo.

Le acomodé la manta.

Le toqué la frente con dos dedos.

Me quedé mirándola respirar.

Detrás de mí, la puerta se abrió con un crujido suave.

Ezequiel entró descalzo, sin el delantal, con una camisa blanca abierta en el cuello y el pelo suelto sobre los hombros.

Cerró sin ruido.

Se quedó de pie junto a la puerta.

"Pasa", susurré.

"No sé si..."

"Ezequiel."

"Dime."

"Ven."

Cruzó el cuarto despacio, como se acerca uno a un animal herido.

Se detuvo a un paso.

La lámpara de aceite dibujaba su perfil en la pared.

Le tomé la mano.

Se la puse sobre mi pecho, sobre el algodón del camisón, donde latía fuerte mi corazón.

Cerró los ojos.

"Qué rápido."

"Sí."

"Valeria."

"Calla."

Lo besé.

Un beso largo, con las dos manos en su cara, de pie en el medio del cuarto.

La bebé respiraba en su cuna y el viento golpeaba los vidrios.

Sentí cómo él se aflojaba contra mí, cómo me rodeaba la cintura con los brazos, cómo se le escapaba un gemido contra mi boca.

Le desabroché la camisa.

Se la quité.

Pasé las manos por su pecho, por los músculos largos, por la cicatriz de plata en el costado que ya era una línea clara.

Él me desató el camisón.

Lo dejó caer.

Me miró.

Sabía lo que veía.

Un vientre que ya no era el mismo, más blando, con unas marcas plateadas a los lados.

Unos pechos grandes y pesados, con la piel tirante.

Unas caderas anchas.

No me tapé.

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