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El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 4 de 20

Capítulo 4: La posada

La Posada del Lago tenía siete habitaciones, una cocina enorme y una estufa a leña que no se apagaba nunca.

Rosario Cifuentes tendió a Ezequiel sobre la mesa de la cocina como quien acuesta a un niño, con una manta debajo y una lámpara encima.

"Plata", dijo, olfateando la herida. "Del cuchillo de un cazador. No va a cerrar sola."

"Me duele", gruñó él.

"Para eso es la herida."

Sacó de un cajón un frasco de vidrio, una aguja curva y un hilo oscuro.

"Tú." Me señaló con la barbilla. "Siéntate. Respira. Descansa los pies. Después te toca a ti."

"Estoy bien."

"Estás embarazada de siete meses, mojada, con botas que no son tuyas, y has corrido tres kilómetros en la nieve. Siéntate."

Me senté.

Me temblaron las piernas.

Rosario cosió a Ezequiel sin hablarle, sin anestesia, con unos puntos cortos y rápidos que lo hicieron apretar los dientes.

Él no soltó ni un quejido.

Cuando terminó, ella le puso un emplasto de hierbas sobre la herida y lo cubrió con un paño.

"Duerme", dijo. "Dos días. Si te mueves, te amarro."

"Rosario..."

"Ezequiel Leiva. Yo te saqué de las entrañas de tu madre. Cállate."

Él cerró la boca.

Rosario se volvió hacia mí.

Me quitó las botas y me puso un par de pantuflas de lana.

Me envolvió los hombros con su chal y me llevó a una habitación del fondo.

Tenía una cama grande con una colcha de retazos.

"A ver esa barriga."

Me ayudó a recostarme.

Sacó de un baúl un cuerno de madera, largo y estrecho, que apoyó contra mi vientre mientras pegaba la oreja al otro extremo.

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