El Blanco Ocaso De Un Alfa Sin Alma, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La prueba de la luna
La prueba de la luna se hacía en el claro de los Tres Pinos, un círculo de tierra apisonada rodeado de antorchas.
Doscientos lobos formaban el anillo.
Yo estaba en el centro, descalza, con una camisa de lino y los pantalones de cuero que Caspian me había traído.
Frente a mí, el anciano ya se había quitado la ropa.
Tenía el cuerpo cubierto de cicatrices, el torso enorme, los puños cerrados.
"Cámbiate cuando quieras, hija de Ashgrove", gruñó.
No contesté.
Cerré los ojos.
Hacía cinco años que no me convertía con rabia.
Mi loba llevaba tres semanas encerrada, hecha un nudo de dolor, aullando por dentro por el cachorro que no estaba.
Le abrí la puerta.
Sentí cómo los huesos se estiraban, cómo la piel se llenaba de pelo blanco, cómo las patas tocaban la tierra.
Una loba grande, blanca como la nieve, con los ojos de un gris pálido.
Cuando abrí los ojos, el mundo era más nítido.
Olía el miedo de los jóvenes, la expectación de los viejos, la tierra mojada.
Y a mi izquierda, entre los lobos del anillo, el olor tranquilo y cálido de Caspian.
El anciano se había convertido en un lobo pardo, más grande que yo.
Se lanzó sin aviso.
Esquivé a la izquierda, pero me alcanzó el hombro con una dentellada, y sentí el calor de mi propia sangre en el pelaje.
Rodé.
Me levanté.
Él volvió a cargar, y esta vez lo dejé acercarse.
Era más fuerte.
Era más viejo.
Y estaba acostumbrado a ganar por peso.
Yo había aprendido otra cosa.
Cuando abrió las fauces, bajé la cabeza, me deslicé bajo su mandíbula y le clavé los dientes en la pata trasera.
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