El Doctor De Las Calenturas, novela · Capítulo 8 de 12
Capítulo 8: Sala de espera
Esa noche no me explicó nada más.
Cerró la carpeta amarilla y me puso un dedo en los labios.
Me dijo que me lo contaría todo al día siguiente, al cerrar, en el consultorio.
Yo dormí mal.
El jueves atendí veintiocho pacientes con la cabeza en otra parte.
A las seis puse el letrero de cerrado, bajé la persiana y me senté en una silla plástica de la sala de espera a esperar.
Llegó a las seis y diez, con un vestido rojo y el estetoscopio de mi tío colgado del cuello.
"¿Lo tomaste del escritorio?", pregunté.
"Es mi receta de hoy."
Cerró la puerta con llave, caminó hasta mí despacio y se quedó de pie entre mis rodillas.
"Dalila, tenemos que hablar."
"Lo sé. Y voy a hablar." Me puso el disco frío sobre el pecho.
"Pero primero te necesito, porque si te lo cuento antes, vas a mirarme distinto."
"No voy a mirarte distinto."
"Entonces no importa el orden."
Se arrodilló en las baldosas.
Me desabrochó el pantalón con las dos manos y me sacó la verga con una lentitud que me dolió.
Ya la tenía dura desde que vi el vestido.
"Hoy mando yo", dijo, mirándome desde abajo. "Tú te quedas sentado y no me tocas."
"Dalila."
"Las manos en la silla."
Me agarré a los bordes de plástico.
Ella me lamió la punta con la lengua plana, y después me recorrió toda la longitud hasta la base, despacio, humedeciéndome entera.
Me estremecí.
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