El Semental De Los Tres Huevos, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La carga triple
Una consulta nocturna de mediciones termina en el escritorio, con un tubo de ensayo, y una sombra con celular en la puerta.
El jueves siguiente llegué a las seis menos diez con las manos limpias, la camisa planchada y la cara de quien va a una entrevista de trabajo.
Me había lavado los dientes tres veces.
Me había afeitado hasta el cuello.
Me había puesto el perfume de mi primo, el que huele a bosque y a deuda.
La recepcionista ya se había ido.
La sala de espera estaba vacía y las luces del pasillo ya eran las de ahorro.
Toqué la puerta del consultorio.
"Pasa."
Abrí.
Valentina estaba sentada en el escritorio, de espaldas a la ventana, con una bata blanca cerrada hasta el cuello y unos lentes de pasta nuevos, rojos.
Tenía una libreta, una pluma, una regla de plástico y un tubo de ensayo vacío sobre la madera.
"Cierra con seguro."
Cerré.
"Hoy hacemos mediciones", anunció.
"¿Qué clase de mediciones?"
"Clínicas."
"Valentina."
"Doctora Dávalos, para este ejercicio." Se puso la pluma entre los dientes. "Desvístete."
Lo hice.
Esta vez no tuve nervios.
Me fui quitando la ropa pieza por pieza mientras ella tomaba notas, y cuando quedé desnudo me sentí dueño de cada centímetro.
Ella me miró con seriedad profesional.
"Acércate."
Me acerqué.
Se levantó, rodeó el escritorio y se puso frente a mí.
Con la regla de plástico, me midió.
Largo.
Grosor.
Dios, me midió los huevos.
"Tres", anotó. "Tamaño simétrico dos y uno chico."
"Estás loca."
"Estoy trabajando."
"Estás disfrutando."
"También."
Dejó la regla.
Se desabrochó la bata con una lentitud cruel.
No traía nada abajo.
Solo la piel color aceituna, los pechos libres, las medias hasta el muslo, y una cadenita fina en la cintura.
Me quedé sin aire.
"Hoy", dijo, "vas a ser mi paciente modelo."
"¿Para qué?"
"Para ver tu capacidad."
"¿De qué?"
"De llenarme."
Me hizo sentar en la silla giratoria del escritorio.
Se arrodilló entre mis piernas.
Y me la chupó.
Ahí, a las seis de la tarde, con las luces bajas, en el mismo consultorio donde yo había contado mis traumas.
Su boca caliente me envolvió por completo.
La lengua dibujaba espirales alrededor de la cabeza, bajaba, subía.
Con una mano me acariciaba los huevos, jugando con el tercero con la yema de los dedos.
"Dios", gemí. "Dios, Valentina."
"Doctora Dávalos."
"Doctora."
"Mejor."
Siguió.
Me llevó cerca del borde, me hizo aguantar, me soltó con un ruido húmedo y me miró.
Tenía los labios brillantes, la mirada oscura.
"Dime cuánto aguantas."
"No mucho."
"Mala respuesta."
"Poco."
"Peor."
Me reí, jadeando.
"Lo que tú quieras que aguante."
"Eso."
Se puso de pie.
Se sentó en el borde del escritorio, con las piernas abiertas y el tubo de ensayo en la mano, y me guiñó un ojo.
"Ven."
La penetré sentado.
Me levanté de la silla, la agarré por las caderas y entré en ella de un golpe, con su culo sobre los papeles y la lámpara balanceándose.
Ella soltó un grito.
Empecé a moverme con fuerza, sabiendo ya cómo le gustaba.
El escritorio crujía.
Las carpetas se deslizaban hacia el suelo.
Ella se agarraba de mis hombros con las uñas, mordiéndose el labio, murmurando mi nombre y groserías en voz baja.
"Qué rico. Qué rico, Lalo. Más fuerte."
"¿Así?"
"Así. Sí. Sí."
Le subí una pierna al hombro.
Entré más hondo.
Ella cerró los ojos.
Le froté el clítoris con el pulgar, siguiendo el ritmo, y su cuerpo se tensó como un resorte.
"Me voy a venir otra vez", susurró. "No pares."
"No paro."
Se vino con un gemido largo, abierto, contra mi cuello.
Y aguantó, tiritando, mientras yo seguía empujando, rabioso de ganas.
Cuando le pasó la ola, abrió los ojos y me miró.
"Saca", dijo.
"¿Qué?"
"Sácala. Rápido."
Salí de ella, confundido.
Se bajó del escritorio, se arrodilló otra vez y tomó el tubo de ensayo en una mano.
Con la otra me agarró la verga y empezó a acariciarme, rápido, firme.
"Vente aquí."
"¿En el tubo?"
"Por Dios, Lalo, es ciencia."
Me eché a reír, pero la risa se me deshizo en un gemido.
Me vine.
Con un rugido, con las rodillas dobladas, mientras ella apuntaba el tubo con total seriedad profesional.
Un chorro.
Otro.
Y otro más.
Y otro.
Ella abría los ojos cada vez más.
El tubo se llenó hasta la mitad.
Después se derramó sobre su mano.
Sobre su pecho.
Sobre su muslo.
Caí de rodillas, sin aliento.
Valentina levantó el tubo a la luz de la lámpara.
"Cinco mililitros", dijo, maravillada. "No, siete. Siete y medio."
"¿Eso es mucho?"
"Es el triple de lo normal."
Me quedé mirándola.
"¿Me estás tomando el pelo?"
"Jamás con la ciencia." Dejó el tubo sobre el escritorio con una reverencia casi religiosa. "Lalo, tú tienes una producción excepcional."
"Gracias."
"No es un halago. Es un diagnóstico."
"Entonces es el mejor diagnóstico de mi vida."
Ella se echó a reír, con la cara manchada, y me abrazó.
Me besó.
Me manchó la boca con su risa y su sabor.
Nos quedamos sentados en el piso, desnudos, con las carpetas desparramadas y el tubo de ensayo brillando bajo la lámpara.
Yo le acariciaba el pelo.
"Valentina."
"Mm."
"¿Por qué no me dijiste desde el principio que esto era posible?"
"Porque tú no estabas listo." Apoyó la cabeza en mi hombro. "Y yo tampoco."
Iba a preguntarle qué quería decir.
Pero en ese momento, un movimiento me llamó la atención.
El vidrio esmerilado de la puerta.
Una sombra, de pie al otro lado del cristal.
Alta.
Quieta.
Con algo pequeño y cuadrado en la mano, que brillaba.
Un celular.
La sombra levantó el aparato, y la luz parpadeó una vez.
Dos.
Después, los pasos se alejaron por el pasillo.
Valentina se había puesto rígida.
"Lalo", susurró. "Creo que nos acaban de tomar una foto."