Enferma con adicción al sexo, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La casa vieja
Mayte le devuelve un libro en el Casco Viejo, y él la devora sobre la encimera de la cocina.
Teodoro me señaló con un dedo el hueco entre la estantería y la pared.
Me escondí allí, con el corazón en la garganta y la blusa a medio abrochar.
Se pasó una mano por el pelo, se arregló la camisa, y abrió la puerta lo justo.
"Bruno."
"Profesor. ¿Interrumpo?"
"Estaba corrigiendo."
"Solo quería preguntarle por la Noche de Letras."
"Soy el presidente del consejo y estoy armando el programa."
"Queremos que los alumnos más destacados lean algo."
Desde mi escondite, vi la mitad de su cara: el pelo engominado, la sonrisa pulida, el blazer del consejo.
Mi ex.
Dos años de relación.
Y la etiqueta de "enferma" que él mismo me había puesto un día, en un chat de la facultad, cuando le dije que lo dejaba.
"Pásame la lista", dijo Teodoro. "Mañana te contesto."
"Perfecto, profe. Por cierto..."
Bruno estiró el cuello, intentando mirar dentro del despacho.
"...¿no ha visto por casualidad a Mayte Arosemena? Me dijeron que venía a hablarle."
"No la he visto."
"Qué raro."
"Buenas tardes, Bruno."
Cerró la puerta.
Esperó diez segundos con la frente apoyada en la madera.
"Salga", dijo en voz baja.
Salí.
Nos miramos en silencio.
"Tengo que irme", dije.
"Sí."
"Me llevo..."
Alcancé el cuaderno que me había caído al suelo, y encontré a mi lado un libro de la estantería.
Pedro Páramo, edición vieja, con anotaciones a lápiz.
"Me lo presta", dije.
"Mayte..."
"Se lo devuelvo mañana."
Me miró durante tres segundos eternos.
"No", dijo. "Hoy. En mi casa. A las ocho."
Y apuntó una dirección en el margen de una hoja, con su letra firme.
Casco Viejo. Calle Tercera.
La casa de Teodoro era vieja, de dos pisos, con balcones de hierro forjado y una puerta de madera verde.
Olía a madera y a libros.
Me abrió él mismo, con la camisa fuera del pantalón y un delantal de cocina.
"Entra."
"Vengo a devolver el libro."
"Ya lo veo."
Nos quedamos mirándonos en el vestíbulo, con el libro entre los dos.
"Tengo una sopa en el fuego", dijo. "¿Has comido?"
"No."
"Pues ven."
Me llevó a la cocina, un cuarto amplio, de baldosas hidráulicas rojas y blancas, con una mesada de mármol y ventanas al patio.
Una olla humeaba en el fogón.
Me senté en un taburete, y él revolvió la sopa, de espaldas.
"Te dije que había que parar", dijo.
"Sí."
"Y estás en mi cocina."
"Sí."
"Esto es un error."
"Lo sé."
Dejó la cuchara sobre el fogón, y se volvió.
"No sé cómo se hace esto", confesó. "Con alguien a quien miro desde la tarima todos los lunes."
Me levanté, caminé hasta él, y le puse las manos en el pecho.
"Una vez", dije.
"¿Una?"
"Esta noche. Una vez más. Y después usted decide."
"Mayte."
"Y yo obedezco."
Lo vi dudar.
Después me cogió de la cintura y me sentó sobre la mesada de mármol.
Frío contra la parte trasera de mis muslos.
"Una vez", repitió.
"Una."
Me besó.
Fue un beso lento, hondo, sin la prisa del despacho.
Un beso de hombre que ha tenido tiempo de pensar.
Mis manos le desabrocharon el delantal, la camisa.
Las suyas me quitaron la blusa, y el sostén, y me dejaron con los pechos al aire.
Me contempló con una atención sagrada.
"Qué hermosa", susurró. "Y qué tonto fui."
"¿Por qué tonto?"
"Por no saberlo antes."
Bajó la boca hasta mi pecho.
Lo lamió despacio, y lo chupó, y me mordió el pezón con una suavidad que me hizo arquearme.
Gemí.
Mi mano se hundió en su pelo.
"Más abajo", susurré.
"¿Más?"
"Doctor."
Alzó la cabeza.
Sus ojos brillaron con un destello que reconocí al instante.
"Paciente", dijo.
Me subió la falda hasta la cintura.
Me quitó la ropa interior por las piernas, despacio, y la dejó sobre el fogón apagado.
Se arrodilló en el suelo de baldosas.
Me abrió las piernas con las manos.
Primero me besó los muslos, uno y otro, subiendo despacio.
Después pasó la lengua por mi sexo, de abajo hacia arriba.
Un largo lametón plano y caliente.
"Dios mío", dije.
"No hay Dios en esta cocina."
Sonreí, con los ojos cerrados.
Me comió con una paciencia infinita, con la lengua enroscándose en mi clítoris, probándome, jugando.
Cada gemido mío le arrancaba un gruñido, y las vibraciones de su voz me subían por la columna.
Metió dos dedos, y los dobló.
Me estremecí.
"Ahí", gemí. "Ahí, ahí."
"Aquí."
"No pare."
"Nunca."
Nos habíamos dicho esas palabras en la clínica, cuando no teníamos cara.
Y ahora las repetíamos con nombre, a la luz de una bombilla amarilla, en una cocina que olía a sopa.
Me vine con un grito largo, agarrada a su pelo, con las piernas apretadas contra sus hombros.
Él no se detuvo hasta que dejé de temblar.
Se incorporó despacio, con la barba brillante.
Me limpió la mejilla con el pulgar, con ternura.
Me besó la boca, y probé mi propio sabor.
"Una vez", dijo.
"Una."
"Esta ya fue."
"Faltan las demás."
"No dije eso."
"No necesitas decirlo."
Se rio contra mi cuello.
Y por la puerta del patio, desde la oscuridad, empezó a sonar mi teléfono.
Lo saqué del bolso con el pulso desbocado.
La pantalla marcaba: "Abuela".
"Contesta", dijo él. "Es tarde."
"Sí, abuela."
"Mayte, mi niña, ¿dónde estás? Son las diez."
"En casa de una amiga, abuela. Estudiando."
"Qué bien, qué bien. No te desveles."
Colgué.
Teodoro me miraba con una media sonrisa.
"Estudiando", repitió.
"Literatura."
"Ya lo veo."
Me bajó de la mesada y me acomodó la falda.
Pero cuando me tomó la cara entre las manos, su expresión era grave.
"Una vez más, Mayte", dijo. "Una. Y se acaba."
"Mentiroso."