Enferma con adicción al sexo, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La escalera de caracol
Me tomó la cara y me besó, y no hubo más "una vez".
Lo hizo con los dos pulgares en mis mejillas, con la lengua dentro de mi boca, con un hambre sin freno.
Yo me colgué de su cuello.
Me levantó del suelo con las dos manos, y mis piernas se cerraron alrededor de su cintura.
Salió de la cocina conmigo en brazos, sin dejar de besarme, y subió.
La escalera de caracol estaba en un rincón del salón, de hierro negro, con escalones de madera gastados por cien años de pasos.
A mitad de camino, se detuvo.
Me apoyó de espaldas contra la barandilla.
"No puedo esperar", jadeó. "Perdóname."
"No espere."
"Aquí."
"Aquí."
Me bajó al escalón, de pie.
Me quité la falda yo misma. Él se desabrochó el cinturón con los dedos temblando.
La luz del salón nos llegaba desde abajo, amarillenta.
Los barrotes de hierro me enfriaban la espalda.
Su pantalón cayó, y su verga saltó, gruesa, larga, dura como una piedra, un poco curvada hacia arriba.
La miré con la boca abierta.
"El Doctor tenía guantes", dije. "Y mucho que ocultar."
Soltó una risa ronca.
Me levantó una pierna con la mano, y la apoyó sobre su cadera.
Apuntó con la otra mano.
Y entró en mí despacio, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos.
Los dos gemimos, con la frente pegada.
Era enorme y me llenó entera.
Me aferré a sus hombros, con las uñas clavadas.
"Muévase", pedí.
"Mayte."
"Muévase, Teodoro."
Embistió despacio, hondo, con un ritmo medido.
Cada vez que salía y volvía a entrar, la escalera crujía un poquito.
Sus manos me sostenían por las nalgas, y mis pechos subían y bajaban contra su camisa.
"Más", pedí.
"Más qué."
"Más fuerte. Como en la clínica."
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