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Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 7 de 12

Capítulo 7: La ducha

Salimos de la catedral por la puerta de la sacristía, detrás del sacristán, que nos hizo pasar por un pasillo oscuro lleno de cirios y misales.

"Por aquí, hijas", susurró. "Dios las guarda."

"Dios y usted", dije.

Sonrió, con los ojos arrugados.

Afuera nos esperaba Noé, en la moto, con el motor en marcha.

Karol subió detrás de mí, a regañadientes.

Volamos por las callecitas empedradas de Arequipa, entre fachadas de sillar blanco y balcones con geranios, esquivando carretas y vendedores.

Dos camionetas negras nos siguieron un trecho.

Después, Noé tomó un callejón sin salida, saltó un cerco, cruzó un patio donde ladraban perros, y salió por una puerta trasera a otra calle.

Las camionetas se perdieron.

Llegamos a la fonda del viejo, agitadas, con el corazón en la garganta.

Subimos por una escalera de madera al segundo piso, un altillo con tres colchones en el suelo y un ventanuco hacia los techos.

Karol se dejó caer en uno de los colchones, con los codos en las rodillas.

"Voy a vomitar", dijo.

"Respira."

"No puedo volver. Me matan."

"No vas a volver."

"¿Dónde me escondo?"

"Aquí", dije. "Con nosotros."

Noé, apoyado en el marco de la puerta, asintió.

"El dueño de la fonda es mi tío. Tiene un cuarto en el fondo."

Karol me miró con ojos enormes.

"¿Y tú?"

"Yo me quedo hasta que esto termine."

Nos pasamos la tarde desplegando papeles sobre el suelo del altillo.

Las transferencias, los mensajes, el pendrive de Gianfranco, que Noé escuchó con auriculares y apretando la mandíbula.

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