Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 8 de 12
Capítulo 8: Yuri
Noé bajó a atender la llamada, y yo bajé detrás con la manta sobre los hombros.
El teléfono estaba en la cocina de la fonda, un aparato negro de disco, colgado de la pared.
Noé lo tomó.
"Aló."
Escuchó.
Su rostro no cambió.
"¿Dónde?", preguntó.
Escuchó otra vez.
"A las diez. Con ella. Solo con ella."
Colgó.
"Quiere vernos", dijo.
"¿Yuri?"
"Dice que Isaías va a hacerle cargar con todo."
"¿Cargar qué?"
"El incendio."
Me quedé quieta.
"Lo oyó anoche. Isaías le dijo que, si algo sale mal, el abogado será el responsable por haber contratado a los hombres. Que hay papeles que lo prueban. Papeles que Yuri nunca firmó."
"Es una trampa."
"Puede ser."
"Es lo que haría él."
"Por eso hay que ir."
"¿Por qué?"
"Porque si dice la verdad, es el testigo que nos falta."
Nos citó en una picantería del barrio de Yanahuara, un local sin cartel, de paredes de sillar y mesas de madera, donde a las diez de la noche solo quedaban dos o tres borrachos y una cocinera dormitando.
Noé se sentó de espaldas a la pared, con la mano cerca del cinturón.
Yo me senté frente a la puerta.
A las diez y cinco entró Yuri Lazo.
Estaba irreconocible.
Había perdido el aire de abogado impecable: el cuello de la camisa desabrochado, la corbata torcida, los ojos rojos y el pelo despeinado.
Miró alrededor.
Nos vio.
Caminó hasta nuestra mesa como quien camina a un patíbulo.
"Gracias por venir", dijo.
"No fue por ti", contesté.
"Lo sé."
Se sentó.
Pidió un vaso de agua, lo bebió de un trago, y se secó la boca con el dorso de la mano.
"Mariluz, yo..."
"No empieces con disculpas."
"No iba a hacerlo."
"Entonces habla."
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