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La Heredera Traicionada, novela · Capítulo 5 de 16

Capítulo 5: El que se quedó

Esa semana descubrí tres cosas sobre Abel Quiroga.

La primera: no dormía.

Llegaba a la planta antes que yo, a las cinco y media, con un termo de café y la camisa planchada.

Se iba después que yo, a las nueve o diez de la noche, tras revisar cada puerta.

La segunda: no hablaba de sí mismo.

Ni una palabra sobre su familia, ni su casa, ni lo que hacía los domingos.

La tercera: miraba.

Siempre.

Pero no como los otros hombres de la planta.

Miraba para ver quién se acercaba, qué mano tenía un bolsillo, qué sombra se movía.

Y a veces, cuando creía que yo no lo notaba, miraba otra cosa.

A mí.

Un jueves por la noche, en la oficina vacía, mientras yo repasaba los números de producción, le pregunté:

"¿Por qué te quedaste solo?"

Levantó la vista de la ventana.

"¿Perdón?"

"La noche del ataque. Eugenio se llevó a los doce escoltas. Tú no te fuiste."

"Me ordenó que fuera."

"¿Y por qué no fuiste?"

Hubo un silencio largo.

Abel apoyó la espalda en el marco de la ventana, con los brazos cruzados.

"Porque tuve un mal presentimiento."

"¿Un presentimiento?"

"Su hermano nunca se había llevado a todo el equipo."

"Esa tarde, además, vi cómo su acompañante revisaba el celular cada tres minutos."

"Me pareció raro."

"¿Y?"

"Le dije que prefería quedarme en la casa con el otro turno."

"Eugenio dijo que no hacía falta."

"Me ordenó que me fuera."

"Yo fingí obedecer."

"Salí por el portón, di la vuelta al cerro, entré por la puerta de servicio y me escondí en el sótano de las armas."

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