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La Heredera Traicionada, novela · Capítulo 8 de 16

Capítulo 8: Lo que no se dice

No me dolió la cara.

Me dolió oír el golpe.

Ese sonido seco, familiar, de otra vida.

Retrocedí un paso, con la mano en la mejilla.

Abel se interpuso en un segundo, con el hombro contra el pecho de mi hermano.

"Señor Arriaga."

"¡Quítate!"

"No."

"¡Eres un empleado! ¡Te pago yo!"

"Me paga su padre."

"¡Es lo mismo!"

"No."

Eugenio intentó empujarlo.

Abel no se movió.

Mi hermano le dio un puñetazo en el hombro herido.

Abel apretó los dientes.

No respondió.

"Eugenio", dije. "Basta."

"¡Tú!" Me señaló, descompuesto. "Tú y este... este... ¡Duermes con mis empleados! ¡Mientras yo me muero de preocupación por Yami!"

"¿Cómo me encontraste?"

"Yami me dijo que lo habías puesto a seguirla."

"A ella, que solo quería irse en paz."

"Fui a la planta."

"Un gerente me dio la dirección."

"¡Anoche estuviste aquí!"

"Anoche estuve aquí porque me persiguieron a tiros."

"¡Mientes!"

"Escúchame."

"No."

"Hay una grabación."

"¡No quiero oírla!"

"Eugenio, por favor. Escucha diez minutos. Si después me dices que miento, me voy de casa. Para siempre."

Se quedó mirándome.

Tenía los ojos rojos, el pelo despeinado, la barba de varios días.

Parecía un niño al que le habían quitado un juguete.

Por un segundo, vi al hermano que había sido.

El que me enseñó a montar en bicicleta y me cargaba sobre los hombros en la feria.

Después sus labios se apretaron.

"No."

"Eugenio."

"¡Es un montaje! ¡Tú la odias! ¡Siempre la odiaste!"

"Yo nunca..."

"Tú me quieres solo. Me quieres débil. Me quieres sin ella."

"Yo quiero que vivas."

Soltó una carcajada seca.

"Vivir. Para eso me has hecho la vida imposible."

Dio media vuelta.

Ya en la puerta, se detuvo.

"Voy a decirle a papá que vives con tu guardaespaldas."

"Dilo."

"Voy a pedirle que te quite la planta."

"Hazlo."

"Y esta noche Yami vuelve a casa."

Y se fue.

Dio un portazo.

Oí sus pasos bajar por la escalera.

El motor de su coche rugiendo.

Y después nada.

Me quedé en medio de la sala, con la mejilla ardiendo.

Abel se dio vuelta.

Tenía los ojos oscuros, la mandíbula apretada, las manos temblando.

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