La Mentira que Me Alimentó, novela · Capítulo 16 de 16
Capítulo 16: Día treinta
El día treinta amaneció con niebla sobre el Etna.
Yo estaba en la terraza del hotel de Taormina, con una taza de té entre las manos y un chal de lana sobre los hombros.
Piero había dormido a mi lado, enredado en las sábanas, con una mano sobre mi vientre.
No habíamos dicho nada.
Ni una palabra desde la noche del domingo.
El lunes, el puerto de Palermo había amanecido cerrado a los Ruggeri.
Dos barcos con bandera de la casa esperaban en la bahía.
Cuatro capos habían pedido una cita conmigo antes del mediodía.
Había dicho que sí a tres.
Pero esa mañana de martes solo quería una cosa.
Un coche negro subió por el camino de olivos.
Un solo coche, sin escolta.
Se detuvo ante la verja.
Del coche bajó Sandro.
Estaba despeinado, sin corbata, con el esmoquin del domingo arrugado y manchado.
Tenía ojeras profundas y la barba de tres días.
Caminó hasta la verja y se agarró de los barrotes con las dos manos.
Piero se puso de pie a mi lado.
"No salgas", dijo.
"Voy a salir."
"Giulia."
"Quédate aquí. Si te necesito, grito."
Bajé los escalones de piedra, con las manos en los bolsillos del chal.
Sandro me vio llegar.
Se aferró más a los barrotes.
"Giulia."
"Tienes hasta el amanecer de mañana para irte de la isla, Sandro."
"Lo sé."
"¿Y qué haces aquí?"
"Me quedé solo." Su voz sonó rota. "Mi madre está en una clínica de Cefalù. Los hombres se fueron. El chofer no contesta el teléfono. Me han cerrado las cuentas."
Lo miré sin decir nada.
"Giulia, escúchame."
"Te escucho."
"Fue un error."
"Fueron sesenta meses."
"Mi madre me lo pidió. Yo estaba atrapado."
"Tú elegiste el vino."
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