La Mentira que Me Alimentó, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: Fértil
Una doctora desconocida le confirma que no tiene nada, y en un mirador Piero la besa; el chofer de Sandro los fotografía.
La ginecóloga de Cefalù tardó tres días en darme los resultados.
Tres días en los que fui a misa con mi suegra y comí en su mesa.
Sonreí a Fabiola, dormí junto a Sandro y le seguí tomando la mano.
Tres días de actuación sin una grieta.
El jueves, a las once de la mañana, la doctora me recibió en su consultorio con una carpeta azul.
Era una mujer de cincuenta años, de pelo gris, sin ninguna relación con ninguna familia.
Yo la había elegido por eso.
"Señora Sartori", dijo, porque le di mi apellido de soltera. "Los resultados están claros."
"Dígame."
"Su útero está sano. Sus ovarios están sanos. Ovula con regularidad. Sus hormonas son las de una mujer de veintinueve años en plena fertilidad." Cerró la carpeta. "No hay nada, absolutamente nada, que le impida quedar embarazada."
Me quedé quieta.
"¿Nada?"
"Nada. Hasta me sorprende que esté aquí."
"Hace cinco años que intento."
"¿Con qué tipo de seguimiento?"
"Con un médico de la familia de mi esposo."
La doctora frunció el ceño.
"Si quiere un consejo", dijo, "busque otro médico. Y otro marido, si me permite."
Me reí.
Fue una risa seca, sin alegría, que me sacudió el pecho.
Salí del consultorio con el sobre contra el corazón.
Ahí estaba la primera prueba.
Piero me esperaba en el estacionamiento, apoyado en un coche gris.
No traía escoltas ni traje, solo una chaqueta de lana y las manos en los bolsillos.
Treinta y tres años.
Era alto, de hombros anchos, con pelo negro rizado que le caía sobre la frente.
Tenía la nariz rota de joven, jugando al fútbol.
Cinco años sin verlo, y me pareció que habían sido cinco días.
Me miró acercarme sin moverse.
"Estás flaca", dijo.
"Y tú, igual de callado."
"Salí de Taormina anoche. No quería llegar tarde."
Me abrió la puerta del coche sin tocarme.
Manejó hacia la costa, lejos de la ciudad, hasta un mirador de piedra sobre el mar.
Lo conocíamos desde los veinte años, cuando teníamos pocas cosas más.
Apagó el motor.
El Mediterráneo estaba azul oscuro, tranquilo, lleno de barcos pequeños.
"Cuéntame", dijo.
Se lo conté todo.
Las pastillas rosadas.
El mensaje de Concetta.
La ecografía de Fabiola.
El convento de Cefalù.
Los muelles.
Cuando terminé, tenía las manos apretadas sobre las rodillas y las uñas marcadas en la palma.
Piero no dijo nada durante un largo minuto.
Después, con una voz muy baja, preguntó:
"¿Quieres que lo mate?"
"No."
"Puedo."
"Lo sé. Por eso no."
Se rio, un poco, entre dientes.
"Entonces dime qué quieres."
"Quiero que paguen."
"¿Cómo?"
"Con lo único que les importa." Miré el mar. "Delante de todos los demás. En la mesa. Con su honor."
Piero asintió despacio.
"Necesito tiempo. Treinta días, un poco menos. Y no puedo tocarte hasta que termine." Me volví hacia él. "Si te toco ahora, no hago nada de lo que tengo que hacer."
"Entiendo."
"No, no entiendes."
Lo miré.
Tenía los ojos oscuros y serios, y en el borde de la mandíbula la sombra de una barba que no se había afeitado desde ayer.
Todo mi cuerpo estaba gritando algo que mi cabeza había prohibido.
"Entiendo", repitió. "Pero yo estoy esperando desde hace cinco años."
"Piero."
"Dime que me vaya."
"No."
"Dime que no te toque."
"Ya te lo dije."
"Giulia."
"No te lo voy a repetir."
Se inclinó hacia mí.
Esperó.
Tuve que ser yo.
Me incliné, le tomé la cara con las manos, y lo besé.
Fue un beso hondo, largo, con sabor a café y a sal de mar, de esos que se acumulan durante cinco años.
Él gimió contra mi boca.
Me tomó de la nuca, con una mano grande, y me atrajo, y el beso se volvió algo que yo no controlaba.
Mis manos se le metieron bajo la chaqueta, bajo la camisa, sobre el pecho caliente.
Las suyas subieron por mis costillas y se detuvieron justo debajo de mis pechos.
Esperó otra vez.
Le agarré la muñeca y se la puse encima.
"Giulia", jadeó.
"Cállate."
Me acarició por encima de la blusa, con una ternura que me dolió.
Su pulgar rozó el pezón hasta que se me escapó un gemido.
El coche se llenó del olor de los dos.
Sentí la boca de Piero en mi cuello, los dientes suaves en la clavícula.
Estaba mojada.
Estaba tan mojada que me sentí culpable, y ni siquiera supe de qué.
Pero era mi cuerpo, y lo quería.
Lo quería, y lo había querido siempre, y el matrimonio no me lo había quitado.
Me separé, de golpe, con la respiración rota.
"Treinta días", dije.
"Treinta días", repitió él, con la frente contra la mía.
Nos quedamos así un momento.
Después me arreglé el pelo, me bajé la blusa y miré por el espejo retrovisor.
Detrás de nosotros, a unos cincuenta metros, en la curva del camino, había un coche negro, estacionado con las luces apagadas.
Un destello salió de la ventanilla.
Una cámara.
Y un hombre al volante que conocía muy bien: el chofer de Sandro.