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La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Receta

Tres días de negarse lo que desea la llevan hasta la clínica, y en la sala los espera don Gervasio.

La receta del doctor Leandro cabía en una hoja de cuaderno.

Tres días sin tocarme yo sola, y sin que Anselmo me tocara tampoco.

Una visita cada tarde a la clínica, a la hora en que la plaza quedaba vacía.

Y una sola regla más, escrita al final con letra apretada: obedecer.

Al tercer día llegué a la clínica con las piernas flojas y la blusa pegada a la espalda.

Llevaba setenta y dos horas de infierno.

Había apretado la almohada con los dientes, había metido las manos bajo las nalgas para no usarlas, y había llorado de rabia junto a mi marido, que dormía de espaldas por orden médica.

Anselmo me acompañó hasta la puerta, y se regresó al cafetal sin decir nada.

Era parte del trato.

El doctor me esperaba dentro, en un cuartito blanco con una camilla cubierta de papel y un estante de frascos.

Cerró la puerta con llave.

"Siéntese en la camilla", dijo. "¿Se tocó?"

"No, doctor."

"¿Ni una vez?"

"Ni una." Me temblaba la voz. "Anoche casi me muero."

"¿Casi?"

"Me mordí la mano hasta sangrar. Mire."

Le enseñé la marca de mis dientes en la base del pulgar.

Él me tomó la muñeca, sin prisa, y la examinó bajo la lámpara.

Luego me pasó el pulgar por encima de la mordida, y sentí ese roce hasta en la cintura.

"Buena paciente", murmuró.

Esas dos palabras me hicieron apretar los muslos.

"Quítese la falda y la ropa de abajo", dijo. "Acuéstese en la camilla, con las rodillas dobladas."

Me desnudé de la cintura para abajo con una prisa vergonzosa.

El papel de la camilla crujió bajo mis nalgas, y estaba frío.

Él acercó un banquito y se sentó entre mis rodillas, a la altura exacta de mi panocha, con las manos apoyadas en sus propias piernas.

No me tocó.

Me miró.

Yo sentía su respiración sobre la piel mojada, y eso solo bastaba para que se me abriera todo.

"Dígame qué quiere", pidió.

"Que me toque."

"Con palabras de verdad, Maricruz. Aquí no hay nadie que la juzgue."

Era la primera vez que decía mi nombre sin el "señora".

Me ardió la cara, y me ardió lo demás.

"Quiero que me chupe, doctor."

"¿Dónde?"

"En la panocha." Se me quebró la voz. "Por favor."

Me puso las manos en la parte interior de los muslos y los abrió más.

Después bajó la cabeza.

El primer lengüetazo fue largo y plano, desde abajo hasta arriba, y me arrancó un grito que tuve que ahogar con el antebrazo.

"No se tape", ordenó, con la boca contra mí. "Quiero oírla."

Quité el brazo.

Gemí fuerte, sin freno, con la cabeza echada hacia atrás contra el papel.

Él me lamió con calma, con una paciencia espantosa, trazando círculos alrededor del clítoris sin tocarlo.

"Doctor", rogué. "Ahí. Ahí, por favor."

"¿Cuánto tiempo lleva esperando?"

"Tres días."

"Entonces puede esperar un minuto más."

Me dejó ahí, jadeando, con los muslos temblando alrededor de su cabeza.

Después cerró los labios sobre mi clítoris y chupó.

Me vine casi al instante, entre sollozos, con las caderas levantadas y los dedos agarrados a su pelo.

No se detuvo.

Siguió con la lengua mientras me retorcía, y metió dos dedos para sentir cómo me apretaba.

Un segundo orgasmo me alcanzó, más hondo, que me hizo ver blanco.

Cuando por fin se apartó, tenía la barbilla brillante y los anteojos torcidos.

Yo estaba hecha un trapo sobre la camilla.

"¿Se le quitó?", preguntó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

"Sí." Todavía me faltaba el aire. "Doctor, creo que me acabo de curar."

Él negó con la cabeza, y casi sonrió.

"No la voy a curar, Maricruz. Aquí nadie va a curarla de nada."

"¿Entonces para qué sirve la receta?"

"Para que usted aprenda a pedir, y su marido a escuchar." Se levantó y se lavó las manos. "Vístase. Mañana a la misma hora."

Me puse la falda con los dedos todavía débiles.

Me abroché la blusa mal, y me trencé el pelo con las manos.

Por primera vez en años, el cuerpo no me pesaba.

Sentía la cabeza clara, y ganas de reír, y ganas de bailar sola en la plaza.

Él me abrió la puerta del consultorio.

"Una cosa más", dijo en voz baja. "Hoy no le pregunté por qué le dicen enferma en el pueblo. Mañana voy a preguntarlo."

"Nadie me explicó nunca."

"Alguien se lo dijo primero. Siempre hay alguien."

Salimos al pasillo estrecho que daba a la sala de espera.

Había una silla de madera y una banca contra la pared.

En la banca estaba sentado un hombre con guayabera blanca, las piernas cruzadas y un sombrero de palma sobre la rodilla.

Don Gervasio Ochoa.

Tenía el aire de quien llevaba un buen rato ahí, escuchando.

Se levantó con una sonrisa de dientes grandes.

"Doctorcito", dijo. "Buenas tardes, comadre Maricruz."

Y se acomodó el sombrero sin dejar de mirarme la blusa mal abrochada.

"Vengo a hablar con usted de mi comadre."

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