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La Principessa sin Memoria, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: La hija de Pellegrini

Lavinia la acorrala en el jardín con un anillo que Ginevra reconoce.

Lavinia Pellegrini me encontró en el jardín al día siguiente, a las diez de la mañana, mientras yo cortaba rosas para el comedor.

Me lo habían ordenado.

La Donna nueva quería flores blancas sobre la mesa del desayuno, y yo, que ya no era Donna, tenía que ocuparme.

Llevaba un sombrero de paja, guantes de jardinería y una cesta de mimbre al brazo.

Cortaba con calma, sin pensar en nada.

"Qué diligente."

Me volví.

Lavinia estaba parada a cinco pasos, junto al seto de laureles, con un vestido de lino blanco y los brazos cruzados.

Era alta, delgada, rubia como el trigo recién cortado, con unos ojos verdes pálidos que parecían mirar a través de la gente.

Llevaba en el anular izquierdo el anillo de los Valenti.

Le quedaba suelto.

Se lo había rellenado por dentro con un trozo de cinta.

"Buenos días, señora."

"Qué educada."

"Es mi deber."

"Tu deber ya terminó."

"Entonces es una costumbre."

Lavinia sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, de dientes parejos.

"Quería conocerte mejor, Nerina. Rocco habla poco de ti. Dice que eres un pájaro que se le posó en el hombro un día y nunca se fue."

"Es una forma de decirlo."

"¿Y tú qué dices?"

"Nada."

"Qué curioso."

Se acercó.

Olía a jazmín y a algo más agrio, debajo, que no supe nombrar.

"Dime una cosa. ¿No te duele?"

"¿Qué cosa?"

"Perderlo."

Dejé la tijera sobre la cesta.

"No."

"Nadie pierde siete años sin sentir nada."

"Fueron siete años."

"Exacto."

"Y se acabaron."

Su sonrisa se tensó apenas.

No se esperaba mi calma.

La veía buscar, en mi cara, la grieta por donde entrar.

"Rocco es un hombre complicado", dijo. "Necesita a alguien que lo entienda. Alguien con raíces. Con familia. Tú no tienes nada."

"Es verdad."

"Eres una huérfana."

"También."

"Una cualquiera que nadie reclamó."

Lo dijo con dulzura, de cerca.

Le sostuve la mirada.

"Sí."

Lavinia se rió, bajito.

"Qué mansa."

"Gracias."

"Hay mujeres que nacen para ser mascotas."

No contesté.

Miré su mano izquierda, el anillo que no le quedaba bien.

Pero fue su mano derecha lo que me detuvo el pulso.

Llevaba otro anillo, en el dedo medio.

Era de plata gruesa, con un sello cuadrado, y grabado sobre el sello había un escudo.

Una serpiente enroscada alrededor de una llave.

El aire se me heló en los pulmones.

Ya lo había visto.

No en el anillo.

En la puerta de un coche negro, estacionado al costado de la carretera, a tres curvas del castillo, hacía siete años.

Un coche que pasó lentamente por mi lado, dos segundos antes de que la tierra se abriera.

"Qué anillo tan bonito", dije, con la voz más neutra que pude.

Lavinia siguió mi mirada.

Se frotó el sello con el pulgar, orgullosa.

"Es de mi familia. Mi padre me lo dio cuando cumplí dieciocho."

"¿Cómo se llama su padre?"

"Pellegrini. Es un hombre muy importante en el Viejo Mundo."

Me dolió el estómago.

Pellegrini.

El apellido salió de mi memoria como una piedra de un fondo de río.

La vieja guerra.

La tregua rota.

Las seis familias en torno a una mesa, y un hombre de bigote blanco prometiendo que jamás se atrevería.

"Seguro que es un hombre importante."

"Lo es."

"Y usted lo quiere mucho."

"Es mi padre."

"Claro."

Lavinia inclinó la cabeza.

Algo cambió en sus ojos.

Algo frío, agudo, que no había mostrado hasta entonces.

"Mi padre me hablaba de ti hace años, ¿sabes?"

"¿De mí?"

"De una mujer que Rocco encontró en un río. Una cualquiera que sobrevivió por una casualidad." Se encogió de hombros. "Mi padre decía que habría sido más limpio dejarla donde la encontró."

Se me detuvo el corazón.

Se me detuvo, y luego siguió.

No me moví.

Ni un músculo.

Sostuve la cesta con los dedos blancos de la fuerza, sin dejar caer una sola rosa.

"Qué comentario curioso", dije.

"¿Verdad?"

"Muy."

"Mi padre tiene un humor negro."

Lavinia dio un paso atrás y arregló su sombrero.

Después me miró de arriba abajo, como se mira a un animal que ya ha sido vendido.

"Te manda saludos."

Se dio la vuelta y se fue por el sendero de grava, con la falda de lino ondeando.

Me quedé inmóvil, con las rosas en la cesta y el sol sobre los hombros.

Cuando por fin pude respirar, saqué una rosa blanca de entre las demás.

La partí por el tallo, sin darme cuenta, hasta que las espinas me hicieron sangre en la palma.

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