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La Psicología Del Buen Repegón, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Debajo del escritorio

Escondida bajo el escritorio mientras Paulina habla, Anahí no se queda quieta, y Paulina ve su tenis.

Ulises me soltó como si el escritorio quemara.

"Debajo", susurró. "Rápido."

Me bajé de un salto, con la falda en la cintura y la ropa interior rota torcida de lado, y me metí en el hueco de las piernas del escritorio.

Era un espacio estrecho, oscuro, lleno de cables y olor a madera vieja.

Me hice bolita con la mochila en el regazo.

Él se subió el pantalón de golpe, se abrochó tres botones mal, y me tapó con la silla.

"Un segundo, Paulina."

"Ábreme, que no tengo todo el día."

Giró la llave.

Desde mi escondite vi sus zapatos negros, el borde del pantalón todavía desabrochado, y unos tacones rojos que entraron al cuarto con ruido de dueña.

"Qué calor hay aquí", dijo la voz.

"Es el aire."

"No hay aire." Una pausa. "Y huele raro."

"Café."

"No huele a café."

Me tapé la boca con las dos manos.

Los tacones dieron una vuelta completa.

"Y estos papeles en el piso."

"Se cayó el librero."

"Se cayó el librero", repitió, con una voz que no le creía nada. "Tú, el más ordenado del posgrado. Bueno. Necesito la llave del archivo del tercer piso. Me dijeron que la tenías."

"Está en el cajón."

"Pues dámela."

Se agachó para abrir el cajón, y en ese movimiento su rodilla casi me tocó la cara.

Me miró desde arriba, un segundo, con los ojos muy abiertos, suplicando.

Le sonreí.

Tuve una idea muy mala.

Con una mano le bajé el cierre.

Ulises se quedó helado.

"Ya... ya te la busco", dijo, con la voz una octava arriba.

"No te pongas nervioso. Es una llave."

Le saqué la verga del calzón.

Estaba todavía semidura, húmeda de los dos, con el olor de mi cuerpo y del suyo mezclados.

Se me hizo agua la boca.

La besé en la punta, suavemente.

Ulises soltó un quejido que disfrazó de tos.

"¿Estás enfermo?"

"Alergia."

"Con ese árbol de ahí siempre estás así." Los tacones se acercaron al escritorio. "Oye, supe que te dieron el 1104. Yo estoy con el 1105. Pero entre tú y yo, el doctor me prometió tu plaza el próximo año."

"¿Mi plaza?"

"Eres brillante, Ulises. Pero eres lento. Y yo no."

Me metí la punta en la boca y cerré los labios alrededor.

Lo oí tragar saliva.

Lo chupé despacio, muy despacio, con la lengua pegada abajo, y sentí cómo volvía a endurecerse contra mi paladar, grueso, caliente, latiéndome en la boca.

Su mano bajó, por debajo del escritorio, y se me enredó en el pelo.

No empujaba.

Solo se agarraba.

"Estás muy callado", dijo Paulina.

"Pensando."

"En qué."

"En mi artículo."

"¿El del tacto?" Se rio. "Siempre con tus teorías del contacto humano. Un día vas a tener que tocar a alguien, para variar."

Le saqué la verga de la boca con un chasquido que, por suerte, tapó él con otro carraspeo.

Lo miré de abajo.

Tenía el rostro desencajado, los labios blancos de tanto apretarlos, los anteojos torcidos.

Volví a tragarlo, más hondo.

Sentí la punta tocarme la garganta y me dio una arcada pequeña, que aguanté, y la repetí, subiendo y bajando, con la mano en la base.

Con la otra mano me acaricié yo misma, ahí abajo, empapada, resbalosa, sin ninguna vergüenza.

El ruido de mi respiración se me hacía enorme.

"¿Y esa mochila?" dijo Paulina. "Hay una mochila en el piso."

"De una alumna. Se le olvidó."

"Qué descuidadas son las de primero."

Ulises me apretó el pelo con más fuerza.

Lo sentí tensarse.

Los muslos, el vientre, todo el cuerpo se le puso duro, y supe que estaba al borde.

Aceleré.

Me la metí hasta que no pude más, y gemí con la boca llena, y la vibración le arrancó un sonido ronco.

"Ulises."

"¿Qué?"

"Tienes la cara roja."

"Es la alergia."

"Si quieres te acompaño a la enfermería."

"No hace falta", dijo, con una voz que no era la suya. "Ya me... ya me siento mejor."

Se vino en mi boca.

Fue un chorro caliente, espeso, que se me derramó por la lengua mientras él ahogaba un gemido contra el puño.

Me lo tragué todo, despacio, sin soltarlo.

Cuando por fin lo dejé ir, tenía los labios hinchados y las rodillas en carne viva de tanto rozar el piso.

Él se desplomó sobre la silla.

Los tacones de Paulina se detuvieron.

"Bueno. Dame la llave."

Ulises sacó algo del cajón con mano temblorosa.

La oí agarrarla.

"Gracias. Y Ulises."

"Dime."

"Cuídate esa alergia."

Se dio la vuelta para irse.

Respiré.

Pero los tacones se detuvieron en la puerta.

Se quedaron un segundo largo, quietos.

"Qué bonitos tenis", dijo Paulina, sin voltear. "Los de las alumnas de primero nunca son tan gastados."

Bajé la vista.

Mi tenis izquierdo, viejo, con el cordón amarillo que mi mamá me había cosido, asomaba por debajo del escritorio.

La puerta se cerró.

Ulises y yo nos quedamos mirando el cordón, sin hablar.

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