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Me fui embarazada del Don mafioso, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Cuentas congeladas

Sin dinero y con una ecografía, Luciana se queda en el cerro. Alguien llama a la puerta.

La casa de mi tía tenía tres pisos y cuarenta escalones.

Cada vez que subía, el bebé me pateaba las costillas en señal de protesta.

"Es una niña de carácter", decía Olga, riendo.

"Es igual que su abuela."

"Tu mamá era más callada."

"Callada hasta que no."

Olga me miró desde la cocina, con la trenza gris enrollada sobre la cabeza y el delantal manchado de harina.

"Eso sí."

Me instaló en el cuarto del tercer piso, el que daba al mar.

Tenía una cama de fierro, una cómoda con espejo, y una ventana enorme por donde entraban las gaviotas.

En la pared colgaba una foto vieja, de color sepia.

Dos niñas con trenzas, agarradas de la mano, sobre una escalera de cerro.

Mi madre, a los ocho años.

Olga, a los doce.

"Esa es la última que nos sacamos juntas en Chile", dijo Olga desde la puerta. "Después ella se fue a Nueva York a probar suerte. Y yo me quedé acá."

"No sabía que tenías tantas fotos."

"Tengo todas. Te las iba a mandar."

"¿Por qué no lo hiciste?"

"Porque tu padrastro las quemaba, Luciana. Cada carta que mandaba, él las quemaba. Y cuando tu madre murió, yo no tenía forma de llegar a ti."

Me quedé quieta.

"¿Intentaste?"

"Siete veces. Con abogados. Con la embajada. Con una carta a la policía de Nueva York."

"Nadie me dijo."

"Lo sé."

Olga cruzó el cuarto y me tomó las manos.

"Te lo digo ahora, hija, y no para que me perdones. Para que sepas que alguien te buscó."

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

"Tía..."

"Basta. Hay sopa."

Pasamos esa primera semana comiendo caldos, lavando ropa y caminando por los cerros.

No salí a la calle sin gorro ni anteojos oscuros.

Pero Valparaíso no miraba a nadie.

Era una ciudad de gente ocupada con sus propios escalones.

A los ocho días fui al consultorio del cerro, un edificio blanco con una puerta de vidrio que no cerraba bien.

La matrona era una mujer de unos cincuenta años, de pelo corto y manos tibias.

"Cinco meses y una semana", dijo, mirando la pantalla. "Mire, aquí está. Es una niña."

La pantalla mostraba una silueta gris, con un perfil diminuto y un puño cerrado delante de la boca.

"Está sana", dijo la matrona. "Pesa trescientos ochenta gramos. Tiene el corazón fuerte."

Lloré sin hacer ruido.

Después, cuando me ayudó a incorporarme, me tocó la espalda.

Sus dedos se detuvieron.

"Señora."

"Dígame."

"Aquí tiene cicatrices. Largas. Antiguas."

Me quedé callada.

"¿Quién le hizo eso?"

"Mi padre."

Lo dije sin pensar, sin ninguna vergüenza.

La matrona apretó los labios.

"Entonces lo más importante que puede hacer ahora es cuidarse y no volver donde esa persona esté."

"No pienso volver."

"Perfecto."

Me dio un frasco de vitaminas y una cita para el mes siguiente.

Al salir, probé mi tarjeta en un cajero automático de la avenida Pedro Montt.

Rechazada.

La probé otra vez.

Rechazada.

La tercera tarjeta, la que me había dado Ottaviano, tampoco.

Una pantalla azul me avisaba con letras frías: "Cuenta suspendida. Comuníquese con el titular."

Todo estaba a su nombre.

Todas las cuentas que yo usaba, el penthouse, el auto, el seguro médico, eran suyos.

Había vivido tres años como una reina en una casa prestada.

Me quedé de pie frente al cajero, con la cara ardiendo.

Después abrí mi cartera, y saqué lo único que tenía de valor que yo hubiera comprado.

Un collar de oro fino, de mi madre, con una medalla de la Virgen del Carmen.

Lo había llevado puesto bajo el vestido el día del video.

Lo apreté en la mano.

No era una joya cara.

Pero Ottaviano nunca había podido congelarlo.

Caminé por la calle Condell hasta una casa de empeños de vidrios polvorientos.

El hombre del mostrador pesó la cadena y me ofreció treinta mil pesos.

"Es de mi madre."

"Entonces cuarenta."

"Es de mi madre y me la dejó para algo importante."

"¿Qué es importante?"

"Mi hija."

El hombre me miró la panza.

Suspiró.

"Cincuenta y cinco. No me pida más."

"Gracias."

"No me agradezca. Vuelva a buscarla cuando pueda."

Salí con el dinero apretado en el puño.

No era mucho.

Pero era mío.

Esa noche, mientras Olga lavaba los platos, me senté frente a la ventana del tercer piso.

Desde allí se veían las luces de los barcos en el puerto.

Pensé en el piano de mi estudio, abandonado.

Pensé en las manos de Ottaviano sobre mi vientre.

Pensé en su risa al otro lado de una puerta.

El timbre de la casa sonó a las diez y cuarto.

Olga se secó las manos en el delantal y fue a abrir.

Escuché el chasquido de la cerradura.

Escuché una voz de mujer, suave, ensayada, en español de acento extranjero.

"Buenas noches, señora. Disculpe la hora. Busco a Luciana Esposito."

Se me heló la sangre.

Esa voz la había oído antes.

Por una rendija de puerta, en un despacho de Brooklyn.

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