Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 4 de 16
Capítulo 4: La ceiba
Esa noche no pude dormir.
Mi madre roncaba bajito al otro lado de la pared.
Yo miraba el techo de madera, con la manta hasta la barbilla y las mandíbulas apretadas.
A las doce y media, unos nudillos golpearon el cristal de mi ventana.
Tres golpes suaves.
Lo reconocí por el ritmo.
Era el mismo golpe de cuando teníamos quince años y él trepaba el limonero para despertarme a medianoche.
Me incorporé con esfuerzo.
Abrí.
Abdiel estaba de pie sobre el alféizar, con el pelo mojado de rocío y los ojos encendidos.
"Deberías estar dormido", dije.
"Deberías estar muerta de curiosidad."
"Lo estoy."
"Entonces ven."
Antes de que contestara, ya me tenía en brazos.
Me sacó por la ventana con una facilidad que me sacudió, como si no pesara más que una manta.
Mi cabeza cayó contra su pecho.
Sentí su corazón, rápido y fuerte.
"Suéltame."
"No."
"No puedo caminar."
"Por eso mismo."
Caminó con paso largo, por un sendero entre helechos, hasta un banco de piedra bajo una ceiba enorme, a la orilla del río.
Me dejó sentada.
Se acuclilló frente a mí, con las manos en mis rodillas.
La luna se reflejaba en el agua, plateada, y su luz le dibujaba la cara.
Era un hombre, no el niño que yo recordaba.
Tenía una cicatriz fina en la ceja derecha.
La barba corta de tres días.
Líneas de cansancio al lado de la boca.
"Hablé con el médico de la Fortaleza", dijo. "Le mandé una muestra del frasco con un halcón. Contestó hace una hora."
"¿Y?"
"Es plata viva, Amaranta."
Pronunció las palabras muy despacio.
"Plata disuelta en un aceite de hierbas. No se nota al olfato humano, y para un lobo es veneno lento. Cada gota se queda en la sangre. Se acumula en el hígado y en los pulmones. Te va secando por dentro."
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