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Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 7 de 16

Capítulo 7: Compañeros destinados

El médico de la Fortaleza llegó a mi cabaña a las cinco de la mañana, disfrazado de arriero.

Traía un sombrero de ala ancha, una ruana de lana pardo y dos mulas cargadas de costales de papa.

Nadie en la sierra lo miró dos veces.

Entró por la puerta de atrás, con un maletín viejo de cuero, y se quitó el sombrero.

Era un hombre pequeño, de setenta años, con barba blanca, ojos grises y manos de cirujano.

"Soy el que escribió ayer", dijo con voz tranquila. "Ya sé que no tengo derecho a tocar a una desconocida. Pero si el Alfa me manda llamar un halcón a media noche, es que hay algo serio."

Abdiel estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados.

Mi madre se había ido a la panadería por pan caliente.

Por fin éramos tres.

"Siéntese en la cama, señorita."

Me senté.

Me abrió el camisón con respeto, me puso un aparato frío en la espalda, me examinó las uñas, las encías, el blanco de los ojos.

Me hizo respirar hondo.

Me presionó el costado derecho.

Cuando terminó, se quedó en silencio varios minutos.

"¿Cuánto tiempo lleva tomando esa infusión?"

"Siete años."

"Tres veces por semana."

"Sí."

"Tiene la sangre llena de plata viva, pero no tanta como debería, dado el tiempo." Frunció el ceño. "Su cuerpo ha resistido de una manera que me sorprende. La mayoría de los lobos jóvenes habrían muerto a los dos años."

"¿Por qué ella no?"

"No lo sé aún." Cerró el maletín. "Pero hay algo que me preocupa más que el veneno. Alfa, ¿puedo hacer una pregunta personal?"

"Hágala."

"¿Han sentido ustedes dos algún tipo de vínculo entre ustedes? Un tirón, un eco, algo que los haga... saber lo que el otro siente."

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