Montando A La Vieja, novela · Capítulo 10 de 12
Capítulo 10: Sin esconderse
Mi casita estaba a las afueras del pueblo, al final de un camino de terracería.
Era la casa que mi madre había dejado al morir, de adobe y teja, con dos cuartos, un corredor y un naranjo en el patio.
Llevaba ocho años cerrada, y yo había pasado el primer fin de semana barriendo y tapando goteras.
No era gran cosa.
Marisol se detuvo en la puerta con las escrituras apretadas contra el pecho.
"Es chica", dijo.
"Sí."
"Huele a azahar."
"Es el naranjo."
Entró.
Dejó los papeles sobre la mesa, se quitó las botas y caminó descalza por el piso de ladrillo hasta la recámara.
Yo encendí la lámpara y me quedé en la puerta.
Había una cama de hierro con una colcha blanca, una cómoda vieja y una ventana abierta al patio.
Nada más.
Ella se sentó en la orilla y me miró.
"Es la primera vez", dijo, "que voy a una cama sin tener que mirar la puerta."
"Nadie va a venir."
"Lo sé."
"Nadie te va a buscar."
"Lo sé." Sonrió, con los ojos húmedos. "Por eso estoy llorando."
Me arrodillé frente a ella.
Le tomé las manos.
"Marisol."
"Dime."
"Quiero que esta noche no tengas que hacer nada."
"¿Nada?"
"Nada. Solo estar."
Asintió.
La besé.
Un beso largo, lento, con las manos en su cara y su pelo.
Sentí su cuerpo aflojarse poco a poco, como quien suelta un peso que ha cargado demasiado tiempo.
La recosté sobre la colcha y le desabroché la blusa, un botón a la vez.
Le besé el cuello, la clavícula, el hueco entre los senos.
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