Montando A La Vieja, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Lo que Marisol sabe
Doña Remedios subió un peldaño más.
La lámpara le alumbraba la cara desde abajo, y la volvía una máscara de piedra.
Marisol se cubrió con la manta.
Yo me quedé de rodillas en la paja, sin camisa, con el pantalón sin abrochar.
La vieja nos miró a los dos, despacio, primero a ella, luego a mí.
"Hace frío", dijo. "Pónganse algo."
Dio media vuelta y bajó la escalera con la lámpara.
El pajar volvió a quedar a oscuras.
Escuché cómo sus pasos se alejaban hacia la casa, lentos, seguros, y la puerta de la cocina se cerraba con un golpe suave.
"Dios mío", susurró Marisol.
"Me va a matar."
"No te va a matar."
"Es la madre de tu marido."
"Es la madre de mi marido." Se puso el camisón con manos torpes. "Y no dijo ni una palabra."
A la mañana siguiente, a las seis, entré a la cocina esperando una escopeta.
Doña Remedios estaba frente a la estufa, de espaldas, revolviendo una olla de frijoles.
"Siéntese, Valdivia."
Me senté.
Me puso un plato de huevos con chorizo y una taza de café delante, sin mirarme.
Comí en silencio.
No dijo nada.
Marisol entró a las siete, con los ojos hinchados de no dormir, y desayunó sin levantar la vista.
Gerardo no se levantó hasta las diez.
A mediodía, Marisol me encontró en el corral.
"Vamos al arroyo", dijo.
"¿Qué arroyo?"
"El de abajo. Hay una cascada. Tengo que hablar contigo."
Ensillamos la Colorada.
Esta vez la yegua estaba mansa como un perro, y subimos los dos, ella delante, yo detrás.
No hablamos en todo el camino.
Cuando llegamos al arroyo, el agua corría clara entre las piedras bajo la sombra de los mezquites.
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