Montando A La Vieja, novela · Capítulo 5 de 12
Capítulo 5: La feria
La feria de Tepatitlán empezaba el sábado de abril con cohetes a las seis de la mañana.
A las diez de la noche, el palenque estaba lleno de gente, de humo de asador y de mariachis desafinados.
Gerardo me había arrastrado hasta una mesa en primera fila, con una botella de tequila y don Cayetano al lado.
Marisol se sentó frente a mí, con un vestido rojo de algodón y el pelo suelto sobre los hombros.
Nunca la había visto con el pelo suelto.
Le llegaba a la cintura, ondulado, brillante bajo las luces de colores.
Gerardo se tomó dos copas seguidas y empezó a gritar con los vaqueros de la mesa vecina.
Don Cayetano levantó su vaso.
"Un brindis", dijo. "Por la hospitalidad de los Ornelas. Y por el nuevo dueño de La Esperanza, dentro de diez días."
La mesa entera se rio.
Gerardo se rio más fuerte que nadie.
"Es una broma, mi amor", le dijo a Marisol, sin mirarla. "Don Cayetano es un bromista."
Ella no se movió.
Tenía la copa en la mano y los dedos blancos.
Miré a don Cayetano.
Él me sostuvo la mirada con su diente de oro y un guiño.
Un grupo empezó a tocar una ranchera, y todos los vaqueros se levantaron a cantar.
Marisol se levantó también.
Se me acercó por detrás, sin que nadie lo notara, y me habló al oído sin rozarme.
"Hotel Plaza. Cuarto doce. Dame diez minutos."
Se fue.
Yo esperé a que Gerardo se enredara en un abrazo con un vaquero, y salí por la puerta lateral.
El cuarto doce estaba en el segundo piso del hotel que daba a la plaza, con balcón y cortinas de encaje.
La puerta estaba entornada.
Marisol me esperaba de pie junto a la ventana abierta, de espaldas, con el vestido rojo.
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