No Más Amor en Vano, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Pescado y silencio
A la semana siguiente apareció con un pescado.
Era un salmón entero, de tres kilos, envuelto en papel de diario.
Llamó a mi puerta con el codo, porque tenía las manos ocupadas.
"Regalo de bienvenida", dijo. "Del vecino nuevo."
"Yo llegué antes que tú."
"Entonces, regalo de aguante."
Lo miré.
Llevaba la misma camisa azul, ahora con una mancha de pintura blanca en el hombro.
Tenía ojeras.
Se veía más delgado que en la cena de compromiso.
"¿De dónde lo sacaste?"
"Lo pesqué."
"En el lago no hay salmón."
"En el de al lado, sí."
"Eso es una piscicultura."
"Y yo soy un ladrón de piscicultura", dijo con cara seria. "Tendrás que cocinarlo, así no queda evidencia."
Me mordí la lengua para no reír.
Abrí la puerta.
Lo dejé pasar.
Era la primera vez que Alvar Montenegro entraba en una casa mía.
Se quedó en el vestíbulo, mirando la chimenea, las estanterías con libros, mi manta doblada en el sillón.
"Es bonita", dijo.
"Es de mi padre."
"Se nota que tú la vives."
"¿Cómo se nota?"
"Hay un cuaderno abierto en la mesa y una taza de té frío en el brazo del sillón. Nadie hace eso en una casa ajena."
Me quedé sin palabras.
Fui a la cocina.
Él me siguió.
Entre los dos limpiamos el pescado, sin hablar casi.
Yo con el cuchillo.
Él pasaba el limón, la sal gruesa, el eneldo, con una destreza que no le conocía.
"Aprendiste a cocinar", dije sin pensar.
Él se detuvo.
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