Papi Alfa, por favor no pares, novela · Capítulo 23 de 24
Capítulo 23: La casa del pueblo
Cumplí veintitrés años con la cabeza sobre el pecho de mi Alfa y el sol de las nueve en la cara.
Me desperté sin sobresalto, con la certeza tibia de estar viva.
Tenía hambre.
Tenía los labios hinchados, las rodillas sensibles, y un cansancio feliz que me hacía sonreír sin motivo.
"Feliz cumpleaños, Luna", murmuró Ciro contra mi pelo.
"Todavía no me acostumbro."
"Tienes toda la vida."
Bajamos a la cocina en pijama.
Olía a canela, a pan recién horneado, a café.
Mi madre, de pie junto a la estufa, tenía puesto otra vez el delantal blanco.
Pero junto a la puerta trasera había tres cajas de cartón llenas, y un par de maletas.
"Buenos días, cumpleañera", dijo, y abrió los brazos.
La abracé con las dos manos.
"Te vas hoy."
"Me voy hoy."
"Mamá..."
"No me pongas esa cara. Es una casa a quince minutos."
"Voy a enseñar a los niños, voy a cuidar mi jardín y voy a venir a comer los domingos."
Me sostuvo las mejillas.
"Y de vez en cuando me pasaré a oír el piano."
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