Papi Alfa, por favor no pares, novela · Capítulo 3 de 24
Capítulo 3: El garaje
Mientras su madre se ducha, Ciro la sube a la camioneta y la devora entre las herramientas.
A la mañana siguiente, Ciro cumplió la mitad de su promesa.
Estuvo lejos de mí hasta las once, hasta que mi madre se metió a bañarse, y entonces apareció en la puerta de la cocina.
"Te enseño la propiedad", dijo.
Mi madre lo oyó desde el piso de arriba, entre el ruido del agua.
"¡Qué buena idea, Ciro! ¡Llévala a conocer todo!"
"Eso pienso hacer, Soledad."
Salimos al patio trasero, entre los pinos, sin tocarnos.
Caminaba tres pasos delante de mí, con las manos en los bolsillos y la espalda tensa.
"Pensaba quedarme lejos de ti", dijo sin volverse.
"Se te nota el esfuerzo."
"No tiene gracia."
"No pretendía tenerla."
Llegamos a un galpón de madera, con un portón corredizo, junto a la casa.
Era el garaje.
Adentro olía a aceite, a gasolina y a leña.
Una camioneta negra, de doble cabina, ocupaba casi todo el espacio, y las paredes estaban cubiertas de herramientas y de pieles curtidas.
Ciro cerró el portón detrás de nosotros.
La luz entraba en rayas finas por las rendijas de las tablas.
Se giró.
Estaba a tres metros de mí, con los ojos gris humo fijos en mi boca.
"Tengo una compañera", dijo con la voz muy baja.
"Lo sé desde que entraste. Y es la hija de la mujer con la que me voy a casar."
"Lo sé."
"Entiendes que esto es una condena."
"Sí."
"Entonces dime que te vaya a dormir a casa de una amiga. Que te vuelva a Chihuahua. Que no te vea más."
Pensé en el olor a cedro, en la mano bajo la mesa, en los dedos dentro de mí.
"No quiero irme", dije.
Se oyó un gruñido que vibró en las vigas.
Cruzó el garaje en dos zancadas.
Me levantó por la cintura como si no pesara nada y me sentó sobre el capó caliente de la camioneta.
"Voy a hacer una cosa", dijo con la frente pegada a la mía. "Y no vas a gritar."
"No."
"Dilo."
"No voy a gritar, Ciro."
"Buena chica."
Me subió el vestido hasta la cintura.
Me abrió las piernas con las manos, me arrancó la ropa interior de un tirón, y la guardó en el bolsillo del pantalón sin mirarme.
Se arrodilló sobre el piso de cemento.
Sus hombros enormes quedaron entre mis rodillas, y su boca a un palmo de mí.
"Mírame", dijo.
Lo miré.
Bajó la cabeza y me pasó la lengua por toda la panocha, de abajo arriba, con la lengua plana y caliente.
Me agarré al borde del capó con las dos manos.
Su lengua se movió despacio al principio, y después más rápido, buscando.
Me chupó el clítoris con los labios, con una suavidad cruel, y yo le hundí los dedos en el pelo.
"Ciro", jadeé.
"Shh."
Me metió dos dedos, y los doblé yo misma al sentirlos.
Mis caderas empezaron a moverse contra su cara.
Me lamía y me chupaba y gruñía contra mí, y yo apretaba los dientes para no emitir ni un sonido.
En la pared del fondo, un viejo interfono de la casa crepitó.
"¿Ciro? ¿Tamara? ¿Dónde andan?"
Era la voz de mi madre.
Me quedé de piedra.
Ciro levantó la cabeza, con la barbilla mojada, y me miró con una calma infernal.
Estiró el brazo, sin soltarme, y apretó el botón del interfono.
"Estamos en el garaje, Soledad", dijo con una voz perfectamente normal. "Le enseño la camioneta."
"¡Ay, qué bien! ¿Quieren café?"
"Dentro de un rato."
Volvió a soltar el botón, y me sonrió por primera vez.
Una sonrisa lenta, cruel, de lobo.
"Ahora sí sabes lo que es aguantar."
Y bajó otra vez la cabeza.
Se me escapó un gemido que me tapé con la mano.
Me comió con una hambre nueva, sin frenos.
Tenía la lengua dentro de mí y los pulgares abriéndome, y mis piernas se cerraron alrededor de sus hombros.
Sentí el orgasmo subir como una ola gigante.
"Voy a... Ciro, voy a..."
"Hazlo."
"Pero..."
"Hazlo. En mi boca."
Me vine con un grito tragado, mordiéndome el dorso de la mano hasta sentir el sabor de la sangre.
Mi cuerpo entero se arqueó contra el capó, y él no se apartó, bebiéndome, sosteniéndome por las caderas hasta que dejé de temblar.
Se incorporó despacio.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, sin dejar de mirarme.
Me bajó el vestido con cuidado, y me ayudó a bajar al piso.
Me flaqueaban las rodillas.
"Mi ropa interior", conseguí decir.
"Me la quedo."
"Ciro..."
"Me la quedo."
Abrió el portón.
La luz de la mañana nos dio en la cara, y de lo alto de la casa llegó la voz de mi madre cantando bajito.
"Esta noche, a las doce, ponte botas y una chamarra", dijo Ciro, ya sin mirarme.
"Te voy a llevar a un sitio donde no hay paredes."