Quédate Con Tu Luna Podrida, novela · Capítulo 18 de 20
Capítulo 18: Dientes
El círculo del Valle Alto era un anillo de piedra blanca, en la explanada de la fuente.
Mil lobos lo rodeaban en silencio.
Era el amanecer del duelo, y el aire pesaba.
Yo entré por el lado este, con las muñecas vendadas y los pies descalzos.
Ambrosio entró por el oeste.
Sin camisa, con el torso lleno de venas oscuras, la nuca cubierta de unas vendas sucias, y los ojos rojos.
Me miró, y por un segundo vi al hombre que me había besado en una noche de luna llena.
Después se endureció.
Los tres ancianos ocupaban la piedra del juez.
"A rendición o a muerte", dijo el del centro. "El ofendido elige."
"Rendición", dije.
"A muerte", respondió Ambrosio.
"Prevalece la voz de la ofendida."
Hubo un murmullo.
Ambrosio apretó los puños.
Antes de que empezara el combate, levanté una mano.
"Pido la palabra."
El anciano asintió.
Me volví hacia las gradas.
"Hay una persona que esta noche intentó envenenarme."
Silencio.
Nicasio salió de la fila de Colmillo Rojo con el frasquito verde en la mano.
Subió al círculo y lo mostró.
"Esto es acónito de lobo. Matar a un lobo con esto lleva tres minutos. Debilitarlo, un cuarto de hora." Su voz temblaba, pero no se detuvo. "Me lo dio Mirta Aldunate anoche. Me ofreció la plaza de Gamma de por vida si lo ponía en el agua de mi antigua jefa."
Un gemido colectivo.
Las miradas se dirigieron a Mirta, que estaba en primera fila, entre dos guardias.
Ella se puso de pie.
"Es mentira."
"El frasco tiene tu sello en el corcho", dijo Nicasio. "Y tu caligrafía en la etiqueta."
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