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Renací como la hija de mi enemiga, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: Quinientos pesos

A los seis años descubre que la fundación gasta millones en lujos y manda quinientos pesos al mes a su mamá.

A los seis años descubrí que la fundación de mi mamá no le daba nada a mi mamá.

Quiero decir, a la otra.

A la que me parió primero.

Todo empezó un martes por la tarde, cuando Jessica se fue a una reunión.

Horacio se quedó dormido frente al partido, con la laptop abierta sobre el sofá.

Yo estaba sentada en la alfombra, con mis crayones.

Miré la pantalla.

Estaba prendida.

Horacio había dejado la sesión abierta, con la hoja de cálculo de la Fundación Perla Garza a medio revisar.

Me acerqué a gatas.

Leía bien desde los cuatro años.

La mayoría de las palabras eran aburridas, números en columnas y nombres de empresas.

Pero algunas eran muy claras.

"Donativos del trimestre: $2,740,000."

"Honorarios de presidencia: $480,000."

"Gastos de representación: $390,000."

Bajé el dedo por la pantalla.

Bolsos.

Viaje a Cancún.

Una camioneta.

Un spa.

Ropa de diseñador "para eventos institucionales".

Al fondo, en una fila perdida entre veinte filas más, leí otra cosa.

"Apoyo a familiar de la víctima. Sra. Aurelia Garza. $500 mensuales."

Quinientos pesos.

Al mes.

Me quedé mirando esa línea con la cabeza vacía.

Mucho más dinero en bolsos que en mi madre.

Mi madre, que vendía tamales en la esquina de la prepa a las cinco de la mañana para pagarse la renta.

Que había enterrado a su única hija sin dinero para el ataúd.

La plata la juntó tamal a tamal, a lo largo de un año.

Y esa mujer de la foto de la pared, sonriente, con perlas, me había dicho esa mañana que tenía que ser una niña muy buena.

Apreté los crayones tan fuerte que se partieron.

Horacio roncó.

Con el corazón latiéndome en la garganta, hice clic en una carpeta que decía "Personal".

Dentro había recibos, facturas, una foto de una playa.

Y una subcarpeta con un nombre que me heló la sangre.

"Prepa 12 - 2011."

La abrí.

Adentro había recortes de periódico escaneados.

"Hallan muerta a estudiante en patio de preparatoria."

"Autoridades descartan hostigamiento."

"Padres de la menor piden investigar."

Ninguno tenía una palabra sobre la llave.

Sobre la puerta cerrada de la azotea.

Sobre los tres minutos de gritos que nadie quiso oír.

El último archivo era una foto.

La abrí.

Era una imagen vieja, borrosa, tomada con un celular de esos de tapita.

Una azotea con un cielo blanco.

En primer plano, cuatro muchachas de uniforme.

Cuatro sonrisas.

Cuatro manos apiladas, una sobre otra, como un equipo antes de un partido.

Reconocí a Jessica en el centro, con la coleta larga y la falda enrollada en la cintura.

A su izquierda, una chica alta de pelo rubio teñido.

A su derecha, una morena con lentes rosas.

Y atrás, una pelirroja de cara redonda.

En la esquina de la foto, casi fuera del marco, había una quinta figura, de espaldas, encorvada contra una pared.

Un suéter verde.

Era yo.

Me acordé de ese momento.

Me acordé del olor del cemento caliente, del sol en los ojos, de la risa de ellas.

Me acordé de que me habían dicho: "Quédate ahí quietecita, Perla, vamos a hacerte una sorpresa".

Y de que habían cerrado la puerta.

La foto se hizo borrosa.

Tardé en darme cuenta de que estaba llorando.

Lloraba en silencio, como lloré siempre.

Detrás de mí, una voz suave dijo:

"¿Qué haces, mi vida?"

Cerré la laptop de golpe.

Jessica estaba parada en la entrada de la sala, con el bolso en una mano y el abrigo todavía puesto.

Sonreía con amabilidad, pero la sonrisa no le llegaba a los ojos.

"Nada, mami."

"¿Estás llorando?"

"Es que perdí el partido."

"¿Qué partido?"

"El de papá."

Jessica se acercó.

Me levantó la cara con un dedo bajo la barbilla.

Me miró largo rato, con una expresión que no supe leer.

"Alma, ¿tú has estado tocando las computadoras de papá?"

"No."

"Mírame."

La miré.

Seis años de edad, pestañas largas, mejillas redondas.

La mejor cara de niña buena del mundo.

"No, mamá."

Jessica suspiró.

Me dio un beso en la frente, con su perfume de vainilla.

"Ya sé que eres muy lista, mi vida. Pero hay cosas de las que mamá te protege."

"Ya sé."

"¿Seguro?"

"Seguro."

Se enderezó.

Cuando se dio la vuelta para colgar el abrigo, vi cómo se le descomponía la sonrisa un segundo.

Sacó el celular.

Escribió algo rápido y se lo guardó en el bolso.

Esa noche, desde mi cama, la oí hablar por teléfono en el pasillo con una voz que no usaba nunca delante de mí.

"Creo que la niña vio algo", decía. "Sí. Sí, de la computadora. Tenemos que cambiar las contraseñas. Y tenemos que hablar, las cuatro."

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