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Renací: esta vez no seré su prometida, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Lisboa

Un año después, Alvar aparece en la puerta de su aula, y ella acepta cubrir una guerra para no verlo.

Un año después, Alvar me esperaba afuera de mi aula de Lisboa con un ramo de girasoles.

Yo salía de la clase de ética del reportaje, con tres libros contra el pecho y la cabeza en otra parte.

Lo reconocí por la espalda, antes de verle la cara.

Era un hombre alto, de traje oscuro, parado junto a la pared de azulejos como un turista perdido.

Se me detuvo el corazón.

Luego se me puso en marcha, rabioso.

"Dijiste que no me seguirías."

Se volvió.

Había adelgazado, y le habían salido ojeras que antes no tenía.

"Dije que no te llamaría. Esto no es una llamada."

"Es peor."

"Lo sé."

Mis compañeros pasaban a nuestro lado, mirándonos de reojo.

Una chica rubia, la del curso de fotografía, hizo un gesto con las cejas.

Yo lo tomé del codo y lo saqué al patio, bajo una jacaranda sin flores.

"Tienes cinco minutos."

Dejó los girasoles en el borde de una fuente.

"Hoy es veintidós de marzo."

"Lo sé qué día es."

"Me inscribí en la Universidad Nacional, en derecho. Pasé a la primera. Mi mamá dejó de hablarme."

"Qué pena."

"Dejé la vicepresidencia. Vivo solo en un apartamento de dos habitaciones, en Teusaquillo."

"No te pedí un informe."

"Terminé con Mariángel. Nunca fue mi novia, pero ella creía que sí. Le dije que sé lo que hizo."

Me crucé de brazos.

"¿Se lo dijiste?"

"Sin detalles. Se fue llorando."

"Seguro."

"Viviana..."

"Alvar, ¿qué quieres?"

Se quedó callado.

Pasó un tranvía amarillo por la calle y le hizo temblar el vidrio de la cafetería de enfrente.

"Quiero que me digas qué hago", dijo al fin. "Cualquier cosa. Si quieres que te pague una deuda, te la pago. Si quieres que denuncie a mi mamá, lo hago."

"Yo tengo tu sobre. Lo uso cuando yo decida."

"Entonces dime cómo se arregla."

"No se arregla."

"Todo se arregla si..."

"Yo morí, Alvar."

Lo dije sin levantar la voz.

Se quedó sin aire, como si le hubieran dado un golpe.

"Morí esperando una ambulancia, y tú estabas arriba. No hay un trámite para eso. No hay una cuenta que se pague."

Le temblaron las manos.

"Lo sé. Lo sé."

"No lo sabes. Ahora vete."

"No me voy."

"Entonces me voy yo."

Recogí mis libros y crucé el patio.

Él no me siguió.

Lo oí decir mi nombre una vez, bajito, y después nada.

Salí por la puerta lateral y caminé cuatro cuadras sin ver nada.

En la esquina de la Rua Augusta, Yanira Cobo me esperaba con dos cafés y los pies encima de una silla.

Era mi jefa del diario, mi mejor amiga, y la única persona que sabía que yo tenía un sobre guardado en un cajón.

"Tienes cara de funeral", dijo.

"Vino él."

"¿El del anillo?"

"El del anillo."

"¿Lo mato?"

"Todavía no."

Me senté y le agarré el café con las dos manos.

Ella dejó de sonreír.

"Viviana, ¿qué quieres hacer? Y no digas que seguir estudiando."

La miré.

Quería irme tan lejos que ningún vuelo de Bogotá me alcanzara.

Quería estar ocupada con cosas que importaran más que mi propio dolor.

"Dime algo que dé miedo", le pedí.

Yanira dejó la taza en el platillo.

"Tengo una vacante en la frontera entre Chad y Sudán. Una guerra de verdad, no una de escritorio. El diario necesita a alguien que escriba sobre el campamento de refugiados."

"¿Cuándo?"

"Sale mañana a las seis."

"¿Con quién voy?"

"Con un fotógrafo cartagenero que no le gusta nadie, y lo trata bien a la gente. Se llama Dimas. Tiene tres premios y una cicatriz en la ceja."

"¿Y los estudios?"

"Los dejas en pausa. Si no los retomas, lo hablamos."

Me quedé mirando la calle.

Del otro lado de la plaza, entre los turistas, vi a Alvar parado junto a una columna, con los girasoles en la mano.

Estaba lejos, pero yo sabía cómo me miraba.

Con la misma cara que había puesto en la terraza.

Giré la cabeza hacia Yanira.

"Voy."

"¿Segura?"

"Tan segura como estuve de decirle que no."

Ella sonrió.

"Esa es mi chica. Ve a hacer la maleta."

Esa noche empaqué tres camisas, un chaleco de prensa y la libreta donde había copiado, de memoria, la hora y el lugar de mi muerte.

A las cinco y media de la mañana, un taxi me esperaba en la puerta de la residencia.

El conductor puso el motor en marcha.

Al fondo de la calle, bajo un farol, había una silueta con un ramo de girasoles.

No me despedí.

Subí al taxi y cerré la puerta con fuerza.

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