Renací: esta vez no seré su prometida, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La frontera
Dimas Escandón no me dio la mano cuando bajé del avión de carga.
Me dio un casco, un pañuelo para el polvo y una botella de agua tibia.
"Bienvenida a Chad", dijo. "Tómate eso entero antes de hablar."
Tenía la voz grave y lenta, de la costa, y una cicatriz delgada que le cortaba la ceja derecha.
Era alto, ancho de hombros, con la barba corta y la piel quemada por años de sol.
Cargaba tres cámaras al cuello y no parecía notar el peso.
"Soy Viviana Zuluaga."
"Ya sé. Yanira me mandó tu nota de Lisboa. Está bien escrita." Se encogió de hombros. "Un poco limpia."
"¿Limpia?"
"Aquí nadie es tan limpio."
Me subió a una camioneta blanca sin ventanas y manejó cuatro horas por un camino de tierra rojiza.
Yo escribí todo el trayecto, con la libreta en las rodillas y el pañuelo en la boca.
El campamento apareció de golpe, como una ciudad de lona tendida sobre la llanura.
Había miles de tiendas, humo de fogatas y filas de mujeres con bidones amarillos en la cabeza.
Se me secó la garganta.
"Respira por la nariz", dijo Dimas. "El olor se va en tres días."
No se fue en tres días.
Se fue en tres meses.
Aprendí a caminar entre las filas sin estorbar, a sentarme en el suelo para que me contaran su historia y a no llorar hasta que la entrevistada terminara.
Aprendí a medir el agua del día, y a oír el ruido de un motor lejano antes de que llegara.
Dimas me enseñó a no ser un cuerpo más en la foto.
"Si quieres que te vean a ti, escribe una novela", me decía.
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