Sándwiches e Incesto, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El pajonal
Yesenia lo arrincona entre los pajonales, le cuenta que un viejo rico la va a pedir el domingo, y lo deja sin aliento.
Amanecí solo en la tarima.
Nilda ya estaba en la cocina, moliendo ají con la espalda recta, igual que todas las mañanas.
Me dio los buenos días con la voz de siempre.
Me sirvió el café de siempre.
No dijo una sola palabra de la noche.
Eso me asustó más que cualquier grito.
Salí al patio a las siete, con el pretexto de revisar el camión, y me quedé un rato mirando el cielo gris.
Por el camino de abajo subía una comparsa de Carnaval, con bombos, quenas y mujeres cantando cunshis, todas empapadas de agua y pintura.
Alguien me tiró un balde de agua fría, y yo ni me quejé.
Me lo merecía.
Fui al corral de atrás a buscar leña para el fogón.
Al otro lado de la cerca había un pajonal alto, amarillo, que se movía con el viento.
Cargaba el hacha al hombro cuando una voz me llamó desde las pajas.
"Cuñado."
Me volví.
Yesenia estaba de pie entre los tallos, con una manta roja sobre los hombros y el pelo mojado pegado a la cara.
Tenía los labios agrietados de frío, y los ojos brillantes.
"Anoche", dijo. "¿Te arrepientes?"
"Yesenia, tu hermana…"
"Mi hermana estaba dormida."
"No estaba dormida."
Se encogió de hombros.
"Pues entonces ya sabe, y no hizo nada." Me miró con una seriedad que no le conocía. "Mira, Efraín, tengo que decirte una cosa. Y tengo poco tiempo."
Se acercó a mí, y bajó la voz.
"El domingo viene don Basilio Chuquimango."
Conocía el nombre.
Un ganadero de la ciudad, calvo, con una cadena de oro y siete camionetas.
Mi suegro le debía plata desde hacía años, desde que se murieron las vacas.
"¿Y a qué viene?"
"A pedir mi mano."
Me quedé helado.
"Tiene cincuenta y cuatro años", dijo ella, con una risita rota. "Mi papá le debe treinta mil soles, y él dice que me perdona la deuda si me caso con él."
"Eso no es posible."
"En la sierra todo es posible, cuñado."
Dejé caer el hacha.
"Tu hermana no me dijo nada."
"Mi hermana no dice nada de nada, tú lo sabes." Se mordió el labio. "Y yo no quiero ese anillo en el dedo. Quiero escoger yo."
Me tomó de la camisa mojada.
"Escogí anoche."
El viento movía las pajas a nuestro alrededor, como una cortina.
A lo lejos sonaban los bombos del Carnaval.
"Yesenia", dije, ronco. "Yo soy casado."
"Ya sé."
"No puedo."
"Ya sé." Se arrodilló en el barro, delante de mí, sin quitarme los ojos de encima. "Pero tampoco puedes decirme que no."
"Levántate."
"No."
Me desabrochó el cinturón con los dedos fríos.
Yo debí detenerla.
Debí agarrarla de los brazos, levantarla, volver a la casa y confesarle todo a mi esposa.
En lugar de eso me quedé quieto, con los puños apretados, viendo cómo me bajaba el pantalón.
Mi verga estaba dura antes de que me tocara.
Ella la miró un segundo, con una sonrisa traviesa.
"Qué bonito palo, cuñado."
"Yesenia."
"Cállate y mira."
Se la metió en la boca.
Caliente, húmeda, apretada.
La cabeza me cayó hacia atrás, y solté un gemido ronco hacia el cielo gris.
Chupaba con una dedicación cruel, subiendo y bajando, con la lengua girando alrededor de la punta.
Me agarré de la cerca para no caerme.
Con una mano me sostenía por la base, y con la otra me acariciaba las bolas, despacio, y yo veía cómo su pelo negro se balanceaba con cada movimiento.
"Así", jadeé. "Dios mío."
Ella se sacó la verga de la boca con un hilo de saliva colgando.
"Dime que quieres que te lo haga."
"Quiero."
"Dime que me quieres a mí."
"Te quiero a ti."
Volvió a tragármela, más hondo, hasta que sentí su garganta apretando la cabeza.
Las rodillas me temblaron.
Los bombos de Carnaval se acercaban, y alcancé a oír gente cantando camino arriba.
"Más rápido", rogué. "Van a venir."
Aceleró.
Me tomó de las nalgas y me empujó contra su boca, y yo empecé a mover las caderas, follándole la cara con embestidas cortas.
Ella gemía alrededor de mí, y esa vibración me quebró.
"Me voy a venir."
No se apartó.
Me vine con un rugido ahogado en el puño, derramándome en su boca, mientras ella tragaba y tragaba sin soltarme.
Cuando terminé, me tenía agarrado de las caderas.
Se limpió los labios con el dorso de la mano, y se puso de pie.
Me acomodó el pantalón con una ternura que me desarmó.
"Piénsalo", dijo. "Tienes hasta el domingo para decidir de qué lado estás."
"No hay lados, Yesenia."
"Siempre hay lados."
Se alejó por el pajonal, con la manta roja flotando detrás.
Yo me quedé ahí, con la camisa chorreando y el hacha caída en el barro.
Recogí la leña con las manos temblorosas.
Cuando volví a la casa, la comparsa ya pasaba frente al portón, con bombos y trajes de colores.
La cocina estaba vacía.
Nilda esperaba en la puerta del cuarto del fondo, con los brazos cruzados.
Se había soltado la trenza.
Tenía la cara seria, el cuello rojo, y los ojos como brasas.
"Efraín", dijo. "Ven a la cocina. Tenemos que hablar."