Solo por comprarle ropa, ¿es necesario divorciarte de mí?, novela · Capítulo 8 de 16
Capítulo 8: Primera noche
Llegué al muelle de Boca Chica a las ocho y diez, con un vestido blanco de tirantes, unas sandalias planas y la sensación absurda de ir a una cita a ciegas con mi propia vida.
Milady me había dado tres consejos.
"Primero: no le cuentes lo de Rhadamés. Segundo: no le cuentes lo de Yenny. Tercero: no le pidas permiso a nadie para nada."
"¿Y qué le cuento?"
"Que te gusta el ron."
El yate era blanco, de dos pisos, no demasiado grande, con el nombre pintado en letras negras en la popa.
"Viuda Alegre."
Wilkin estaba de pie en cubierta, descalzo, con una camisa de lino azul arremangada y pantalones claros.
No dijo "Viniste".
Solo extendió la mano para ayudarme a subir.
La sentí firme, callosa, tibia.
Zarpamos al atardecer.
Cenamos en la proa, en una mesa de madera pequeña con velas dentro de faroles de vidrio.
Pargo asado, yuca con cebollitas, ensalada de aguacate.
Una botella de ron añejo y dos vasos con hielo.
Hablamos de todo.
De su naviera.
De mi empresa.
De mi padre, que era ebanista.
De su esposa, que había sido pediatra, y que había muerto de un cáncer rápido, a los treinta y cuatro años, cuando él tenía treinta y cuatro también.
Me lo contó sin adornos.
Yo lo escuché con las manos en el regazo, sin interrumpir.
"Bautizó el yate ella", dijo. "La semana que le diagnosticaron."
"¿Por qué Viuda Alegre?"
"Porque me dijo que yo iba a ser un viudo insoportable. Y que prefería que me riera de mí mismo antes de que lo hiciera alguien más."
Me reí.
Y los ojos se me llenaron de agua.
"Me habría caído bien."
"Le habrías caído bien."
"Soy muy graciosa."
"Eso me han dicho."
"¿Quién?"
"Todo Santo Domingo."
Le tiré una servilleta.
La atajó en el aire, riendo.
Fue la primera vez que lo vi reír de verdad.
Tenía una risa grave, corta, que le arrugaba la cara.
Me quedé mirándolo.
Se detuvo.
El silencio se volvió espeso, cálido, lleno de olas.
"Wilkin."
"Dime."
"No quiero que esto sea algo bonito."
Parpadeó.
"¿Perdón?"
"No quiero nada que dure. No quiero promesas. No quiero que me digas que me esperas ni que me dejas ir." Respiré hondo. "Quiero una noche. Una sola. Para saber que mi cuerpo sigue siendo mío."
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