Su corazón de vampiro nunca latió por mí, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La sala de sangre
Abril lee un pergamino de sangre con el nombre de su hermanastra por encima de todo y el registro de sanadores de la noche en que perdió a su bebé.
Encontré la puerta al segundo día.
Hacía cinco años que pasaba frente a ella sin verla.
Estaba en el último piso de la torre del este, detrás de un tapiz de lana tejido con un sol rojo.
Siempre me habían dicho que era un depósito.
Alejandro nunca me prohibió subir.
Solo nunca me invitó.
Aparté el tapiz.
La puerta era de madera oscura, con una cerradura de bronce y un sol grabado.
El mismo sol.
Saqué la llave de mi bolsillo.
Me temblaba la mano.
Pensé en dar la vuelta.
Pensé en dejar la llave en la mesita, bajar a desayunar, esperar su regreso.
Pero llevaba dos años guardando un silencio, y algo en mí no soportó más silencios.
La llave giró con un clic suave.
La puerta se abrió sin ruido.
Era un cuarto pequeño, circular, de piedra.
Sin ventanas.
Olía a papel viejo y a hierro.
En el centro, una mesa de madera con una lámpara de aceite.
En la pared del fondo, bajo un cristal ahumado, colgaba un pergamino amarillo.
Encendí la lámpara.
Me acerqué.
Las letras estaban escritas con una tinta marrón oscura, casi negra.
Con un olor inconfundible.
Sangre seca.
La primera línea, en una caligrafía firme, elegante, que reconocí enseguida, decía:
"Luciana Cáceres."
Se me paró el corazón.
Leí de nuevo.
"Luciana Cáceres."
Debajo, en la misma letra:
"Prioridad absoluta. Por encima de todo."
Y más abajo, una firma: "Alejandro Ugarte, príncipe del Sol Frío."
Y otra, de una mano distinta, más pequeña, vulgar:
"Zoila Cáceres, testigo."
Mi madrastra.
La fecha, treinta y dos años atrás.
El año en que nació mi hermanastra.
Lo leí tres veces.
No entendía.
Sentí un zumbido en los oídos.
Mis manos buscaron el borde de la mesa.
Sobre ella había un libro de cuero negro, ancho, con tapas desgastadas.
Lo abrí.
Era un registro.
Una lista de fechas, nombres, órdenes, escritas por varias manos a lo largo de años.
"Sanadores de turno." "Sangre de reserva." "Heridas atendidas."
Pasé las páginas con dedos torpes.
Y encontré, hacia el final, una entrada que me hizo cerrar los ojos.
"Catorce de abril, hace dos años."
La noche.
La noche en que supe que estaba embarazada.
La prueba, en el baño del palacio, con dos rayas claras.
La felicidad.
La decisión de esperar a que él volviera de la Corte para decírselo.
Y el paseo al mercado de Pisac, esa tarde, para comprar algo pequeño.
Una manta de bebé.
Los lobos.
Cinco, seis, entre los puestos.
El dolor.
La sangre.
La oscuridad.
La entrada del libro decía, con una letra temblorosa que no era la de Alejandro:
"Mujer humana, Abril Mamani, traída al palacio con hemorragia grave. Solicito sanadores. Sin respuesta."
La siguiente línea estaba escrita con otra tinta, más fuerte:
"Orden de Su Alteza al consejo, 22:40."
"Envíen a todos los sanadores a la sala del este."
"Luciana Cáceres, atacada por lobos en el camino, es la prioridad. Que nadie salga de la sala."
Y debajo, de la letra temblorosa:
"No pude desobedecer. El niño murió. Ella sobrevivió sola."
La letra estaba firmada.
"Régulo Bellido, sanador."
Cerré el libro.
Me quedé inmóvil.
Dos años.
Dos años pensando que había sido mala suerte.
Que los sanadores estaban ocupados con otra emergencia.
Que a las tres de la mañana Alejandro había entrado a mi cuarto, con la camisa manchada de sangre ajena.
Dijo que había socorrido a una viajera herida en el camino.
Me encontró en la cama, empapada, pálida, con la boca morada.
Recordaba sus manos temblando.
Recordaba que me había abrazado, y yo había llorado en su pecho, y él había preguntado "¿qué pasó?".
"Los lobos", había dicho yo.
No dije nada más.
No quise que sintiera lo que yo sentía.
No quise ponerle ese peso a un hombre que me había salvado de una vida peor.
Estaba equivocada.
El peso lo había puesto él.
Una voz suave sonó a mis espaldas.
"Señora Abril."
Me giré.
En el umbral, con un cárdigan gris, unos anteojos redondos y una expresión de ruina total, estaba el sanador más viejo de la corte.
Régulo.
Tenía las manos entrelazadas contra el pecho.
Los ojos húmedos.
"Veo que encontró el libro."
"Usted lo escribió."
"Sí."
"¿Cuándo pensaba decírmelo?"
"Todos los días, durante dos años."
"Pero no me lo dijo."
"Tuve miedo."
Dio un paso hacia dentro.
"Hay algo más, señora. Algo que él no se atrevió a contarle. Y que usted merece saber antes de que ellos vuelvan."