Tu Amor Me Quebró Las Piernas, novela · Capítulo 8 de 20
Capítulo 8: La función
Pasé el resto de la madrugada sentada en el piso del baño, con la carpeta de cuero abierta sobre las rodillas.
Leí cada hoja tres veces.
El telón de acero de ocho metros, que se había soltado sin aviso durante el último acto de El lago de los cisnes.
Había caído en diagonal sobre la zona de la derecha, donde yo hacía la entrada de la reina.
Me aplastó las dos piernas por debajo de las rodillas.
Lo recordaba como un sonido.
Un crujido seco, como el de una rama gruesa al partirse, y después un silencio enorme en el teatro.
Los cirujanos de la Clínica Ferrante me operaron esa misma noche.
El dueño de la clínica me esperó en la sala, con las manos entrelazadas y la cara pálida.
Se casó conmigo un año después.
Me dijo que me quería desde la primera vez que me vio bailar.
Cerré la carpeta con cuidado y la devolví a la caja fuerte antes del amanecer.
Dejé la llave en su sitio.
Me metí en la cama a su lado y fingí dormir mientras él me abrazaba por la espalda.
A las seis de la mañana, cuando Vittorio salió hacia el puerto, ya tenía el nombre.
Estaba en el recibo de la caja, escrito con bolígrafo azul: el nombre de un hombre y un apodo entre comillas.
"Chato", el tramoyista.
Un tramoyista del Teatro Municipal.
A las diez salí de la casa con la excusa de una clase de pilates.
Tomé un taxi hasta el centro de Lima, cambié de auto en el Rímac y pedí que me dejaran cerca del Jirón Quilca.
Larrea me esperaba en una esquina con los lentes oscuros puestos.
"No debería haber salido sola", dijo.
"Lo encontré."
"¿A quién?"
"Al que soltó el telón."
Le enseñé el recibo con el nombre.
Él lo leyó, moviendo los labios.
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