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Un Anhelo Sin Final, novela · Capítulo 3 de 24

Capítulo 3: El estudio

Hugo lo admite todo y Fidelia confiesa que falsificó el acta. Amelia se va de la casa.

El estudio de Fidelia olía a cuero viejo y a perfume de rosas.

Había una biblioteca con libros que nadie leía, un escritorio de caoba y un retrato de la familia Larco colgado sobre la chimenea.

Hugo cerró la puerta y se quedó parado de espaldas a ella.

Yo me senté en el borde de un sillón, con el acta falsa sobre las rodillas.

No quise sentarme cómoda.

"Dime la verdad", dije. "Toda. En orden."

Hugo se pasó las manos por la cara.

"Me casé con Carolina hace cinco años y dos meses."

"Dos meses antes que conmigo."

"Sí."

"¿Por qué?"

"Mi abuelo." Respiró hondo. "Los Maúrtua tienen el terreno donde construimos nuestros edificios."

"Nosotros teníamos las licencias. Mi abuelo exigió que las dos familias se unieran con un matrimonio."

"¿Y Carolina aceptó?"

"Su padre estaba endeudado. Aceptó."

"¿Y tú aceptaste?"

"No tenía opción."

"Tenías la opción de no mentirme a mí."

Calló.

"Nos conocimos antes de eso, Hugo. Ya me habías invitado a salir."

"Lo sé."

"Me dijiste que me amabas el mismo mes en que firmaste con ella."

"Y es verdad."

"Ya no sé qué es verdad."

Se dio vuelta por fin.

Tenía los ojos rojos, como si hubiera llorado en el camino hasta el estudio.

"Amelia, yo no quería perderte. Te amaba y no podía romper el pacto."

"Pensé que podía tenerte a ti en mi vida y a ella en el papel, solo hasta que mi abuelo me diera el control."

"Y me hiciste una boda falsa."

"Fue idea mía no decirte nada."

"¿Quién falsificó el acta?"

La puerta se abrió sin que nadie tocara.

Fidelia Larco entró con su collar de perlas y la espalda recta.

"Yo", dijo.

Hugo se puso pálido.

"Mamá."

"Ya es suficiente, hijo."

Fidelia cerró tras ella y caminó hasta el escritorio.

Se sirvió un poco de agua de una jarra de cristal con las manos muy quietas.

"Yo pagué a un falso registrador", dijo, mirándome. "Un conocido de la familia me consiguió el sello."

"Yo preparé el libro de la iglesia con una fecha adelantada."

"¿Usted?"

"Sí. Hugo no quería hacerlo. Lloraba como un niño. Le dije que una mujer como tú se conforma con un anillo y una fiesta."

Sentí que algo frío me subía por la garganta.

"Qué amable de su parte", dije.

"No te estoy pidiendo perdón."

"No lo estoy esperando."

"Escúchame, Amelia." Dejó el vaso. "Yo conozco este camino. Fui la segunda mujer de mi marido."

"Cuarenta años viví en una casa con su nombre y sin su apellido legal. Aprendí a no preguntar. Tú también aprenderás."

Me quedé con la boca abierta.

No por lo que acababa de confesar.

Por la calma con que lo decía.

"Cinco años", dije. "Usted me abrazó en mi cumpleaños. Me dio el collar de su abuela. Me llamó hija."

"Y lo dije en serio."

"¿Y le pareció normal que yo durmiera cada noche con un hombre casado con otra?"

"Me pareció que eras feliz."

Callé.

Era verdad.

Había sido feliz, y era lo que más me avergonzaba.

Hugo dio un paso hacia mí.

"Amelia, podemos arreglarlo. Mi abuelo tiene un plan. Carolina no vuelve a Lima. Tú sigues como estás, sin cambiar nada, y yo..."

"No."

"Déjame terminar."

"Ya terminaste."

Me puse de pie.

Doblé el acta falsa por la mitad, con cuidado, y la dejé sobre el escritorio de caoba, junto al vaso de agua.

"Quédesela, señora", le dije a Fidelia. "Es suya. La hizo usted."

Fui hacia la puerta.

Hugo se interpuso.

"No tienes adónde ir."

"Tengo un trabajo y tengo manos."

"Toda tu ropa está en mi casa. Tu chelo..."

Se detuvo, porque se dio cuenta de lo que acababa de decir.

Lo miré largo rato.

"Ese chelo me lo dejó mi mamá", dije muy despacio. "No se te ocurra amenazarme con él."

"No es una amenaza."

"Apártate."

Hugo vaciló.

Detrás de él, desde el pasillo, sonó otra vez el golpe seco del bastón.

Arsenio estaba en la puerta, apoyado en su bastón con las dos manos.

"Déjala pasar, Hugo", dijo. "Se va a cansar sola."

Hugo se hizo a un lado.

Yo pasé entre los dos Larco, el abuelo y el nieto, con la espalda recta y los ojos secos.

En el vestíbulo, a la luz del candelabro, el viejo me tocó el hombro un segundo.

"Cuando vuelva, hija, la espero con el té servido."

No contesté.

Salí a la calle, donde la neblina de Barranco bajaba hasta el malecón.

Alcé la mano y paré el primer taxi que pasó.

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