Una Noche Con La Universitaria Del Vagón, novela · Capítulo 7 de 12
Capítulo 7: Mi turno
La máquina quitanieves llegó a las nueve de la noche, con un rugido de motores y un haz de luz blanco que atravesó la tormenta.
Todo el tren aplaudió.
Los niños gritaron, las señoras se persignaron, el conductor abrió una botella de singani y nos sirvió un trago a todos en vasos de papel.
A las diez, el vagón empezó a moverse.
Despacio, con un crujido de hierros viejos, hacia el sur.
Iván y yo volvimos a nuestro camarote con el estómago caliente y la cabeza liviana.
Cerró el pestillo.
Yo me quité el chal de lana que me cubría los hombros, un chal de flores bordadas que mi abuela me había tejido, y lo sostuve entre las manos.
"Esta noche", dije, "te toca a ti dormir."
Iván ladeó la cabeza.
"¿Perdón?"
"Ayer jugué yo a que soñaba. Hoy juegas tú."
Una sonrisa lenta le cruzó la cara.
"¿Y qué hace el sonámbulo?"
"No lo sé. Nunca lo he visto desde fuera." Di un paso hacia él. "Pero sé qué hace la persona que lo mira."
"¿Qué?"
"Lo que quiera."
Se sentó en la litera de abajo, y se dejó caer de espaldas con los brazos a los lados.
"Entonces estoy dormido", dijo, con los ojos cerrados.
"Profundamente."
"Como un tronco."
Me subí a la litera, de rodillas, y le desabroché la camisa.
Botón por botón, sin prisa, con las yemas rozándole el pecho.
Él contuvo el aliento, pero no abrió los ojos.
"Los dormidos no respiran así", dije.
"Los sonámbulos sí."
"Qué listo."
Le saqué la camisa por los brazos y la tiré al suelo.
Después le desabroché el cinturón, el botón del pantalón, el cierre.
Tiré hacia abajo de todo de un solo gesto, con la ropa interior incluida, y su verga saltó libre, ya semidura.
Me incliné y la besé una vez, con los labios entreabiertos, y después otra, y otra, subiendo por el vientre, el pecho, el cuello, hasta que su respiración se volvió un jadeo.
Iván soltó un gemido ahogado.
"Los dormidos no gimen."
"Los sonámbulos sí."
"Qué suerte tengo."
Le tomé las muñecas, una a una, y las junté sobre su pecho.
Extendí el chal sobre ellas.
Lo pasé tres veces alrededor, con un nudo firme, sin apretar.
Luego estiré los brazos de Iván por encima de su cabeza y até el chal a la barandilla de la litera de arriba.
Quedó tendido, con los brazos extendidos y los ojos cerrados, desnudo y atado.
Pasé las uñas por su pecho, muy despacio, hasta que su piel se erizó.
"¿Te duele?", pregunté.
"Me desespera."
"Perfecto."
"Abre los ojos", ordené.
Los abrió.
Tenía las pupilas dilatadas, enormes.
"No te pedí que despertaras", dije. "Solo que miraras."
"Mirar."
"Y no tocar."
"No puedo tocar."
"Mejor."
Me quité el suéter.
Después los pantalones, el sostén, la ropa interior, con una lentitud que aprendí de él.
Él me miraba como si yo fuera la última cosa que vería.
Me senté sobre su pecho, con las rodillas a sus costados.
Mi sexo, mojado, quedó a diez centímetros de su boca.
"¿Tienes hambre?", pregunté.
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