Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 13 de 24
Capítulo 13: Rojo
No dormí esa noche.
A las cuatro de la madrugada me levanté, encendí la linterna que me había regalado Danilo, y subí al altillo de la casa de mi abuela.
Nunca había entrado desde el funeral.
La escalera de madera crujía bajo mis pies, y arriba, bajo las vigas, olía a polvo, a lavanda seca y a lana vieja.
Había cajas, sillas rotas, un espejo cubierto con una sábana, y un baúl de latón con las esquinas oxidadas.
El baúl de mi abuela.
Me arrodillé frente a él.
La tapa chirrió.
Dentro había paños bordados, un chal de merino, un álbum de fotos con tapas de cuero, y una chaqueta pequeña, doblada con cuidado, de color rojo.
La saqué con las dos manos.
Era un impermeable de niña, de plástico grueso, con capucha y botones blancos.
Estaba descolorido, con las costuras cuarteadas, pero se reconocía.
Lo apreté contra el pecho.
Mi abuela me lo había comprado en Valdivia, un invierno, porque yo lloraba cada vez que llovía y se me mojaban las trenzas.
Me lo ponía todos los días.
Hasta que un día dejé de ponérmelo.
No supe por qué.
Pero al tenerlo entre las manos, el recuerdo subió de golpe, desde algún lugar profundo, como una burbuja.
El lago.
Riñihue.
Febrero, con el sol de mediodía y una niebla de verano que subía del agua como humo.
Yo tenía ocho años, y mi abuelo me había llevado a pescar a la orilla, con el bote amarrado al muelle.
Me había prohibido acercarme al agua.
Pero la niebla era tan espesa, y tan hermosa, que me escapé.
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