Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 22 de 24
Capítulo 22: La playa
Volvimos a Niebla el sábado por la tarde, en la camioneta de Danilo, con el viejo pescador roncando en el asiento de atrás.
Los periódicos de Santiago traían mi foto en la portada.
"La niña del impermeable rojo", decía uno.
"Veintiún años después, la verdad sale a flote", decía otro.
Dejé de leerlos a la altura de Chillán.
Esa noche dormí doce horas seguidas.
Me levanté el domingo a las cinco y media, con el cielo todavía oscuro, me puse el abrigo de mi abuela y bajé a la playa sola.
Danilo se había ofrecido a acompañarme, y le dije que no.
La marea estaba baja.
La arena, fría y dura, brillaba bajo una neblina azul que se arrastraba sobre el agua.
Claudio ya estaba allí.
De pie, junto a unas rocas, con las manos hundidas en los bolsillos de un abrigo gris y la mirada en el horizonte.
Me detuve a cinco pasos.
"Gracias por venir", dijo, sin volverse.
"Tienes diez minutos."
"Me bastan tres."
Se giró.
Tenía la barba crecida, los ojos hundidos, y una paz extraña en los hombros.
Sacó la mano del bolsillo.
En la palma abierta brillaba una medalla de plata, redonda, desgastada por los años, con una cadenita rota y vuelta a soldar.
San Cristóbal cargando a un niño sobre el hombro.
"No me la saqué desde los once años", dijo. "Pensaba que me protegía. Que alguien allá arriba me había cuidado aquella mañana."
"Alguien lo hizo."
"Sí. Una niña de ocho años."
Se acercó dos pasos.
"Quiero devolvértela."
"No es mía."
"Lo es. Se te enredó en los dedos cuando me sacaste. Mi padre la encontró en el barro y me la volvió a colgar. Tardé veintiún años en entender de quién era."
"Claudio."
"No te la doy para que me perdones. Te la doy porque no debería haberla tenido nunca."
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