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Amante En La Sombra, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: La que se parece a mí

En su cumpleaños, Renata confirma su embarazo, sigue a Valentín hasta el aeropuerto y lo ve abrazar a una mujer idéntica a ella mientras su hermano cuenta orgulloso la historia de las noventa y nueve.

Cumplí veintisiete años con dos rayitas rosadas en la mano.

Las miré en el baño del penthouse, sentada en el borde de la tina, mientras el sol de Bogotá entraba por la ventana alta.

Llevaba tres años de amor secreto con Valentín Cuervo, el mejor amigo de mi hermano.

Tres años de llegar por el ascensor de servicio, de dormir en su cama y levantarme antes de que abriera el portero.

Tres años de escuchar "pronto lo anunciamos" y creerle.

Nunca dudé de él.

Aldo, mi hermano, me había contado hacía mucho que Valentín había estado con noventa y nueve mujeres antes de mí.

Y que desde que estaba conmigo, ni siquiera miraba a otras.

Eso me bastaba.

Cuando tuve gripa, él dejó una reunión de cuarenta millones de dólares en Cartagena y tomó el primer vuelo a casa para ponerme un paño en la frente.

Yo lo conocía.

O eso creía.

Guardé la prueba en el bolsillo del pijama.

Esa noche, después de la comida de mi cumpleaños, iba a decírselo.

Lo había ensayado con el espejo.

"Valentín, vamos a ser tres."

Sonaba bien.

Sonaba como lo que yo quería.

A las ocho de la mañana ya estaba sola en casa.

Él se había ido temprano, sin despedirse.

Me pareció raro, pero lo dejé pasar.

A las diez no tenía mensajes.

A las doce, tampoco.

Ni siquiera un "feliz cumpleaños".

Lo llamé tres veces.

Entró el buzón.

La señora que ayudaba en la casa, una mujer mayor que me quería como a una hija, salió de la cocina secándose las manos.

"Mi niña", dijo, y no pudo mirarme. "El señor salió muy temprano. Dijo que iba al aeropuerto a recibir a alguien muy importante."

Se me congeló el cuerpo.

"¿A quién?"

"No me dijo. Pero se puso la corbata azul. La que usa para las reuniones del banco."

Me quedé quieta.

Una corbata azul no se pone para buscar a un socio.

Se pone para buscar a una mujer.

Tomé las llaves.

Llegué a El Dorado a la una y diez, con el corazón en la boca.

Estacioné en el primer hueco y corrí por la terminal de llegadas internacionales.

Lo vi desde lejos.

Valentín, alto, en traje oscuro, con los hombros rígidos y un ramo de rosas blancas en las manos.

Rosas blancas.

A mí nunca me regaló flores.

Decía que era un gesto demasiado público.

Me detuve detrás de una columna.

Un brazo me agarró del codo.

"¿Renata?"

Era Aldo.

Mi hermano mayor, con su sonrisa ancha y su chaqueta de cuero, sosteniendo un vaso de café.

"¿Qué haces aquí?"

"Yo... iba a viajar."

"Qué casualidad." Se rio. "Yo vine a acompañar a Valentín. No quería esperar solo."

"¿A quién espera?"

Los ojos de Aldo se pusieron brillantes.

Qué horror lo que pasó después.

Mi hermano me contó, con el orgullo de quien cuenta una gran historia de amor, lo que yo no sabía.

Que Valentín, de joven, había tenido un primer amor.

Que se llamaba Josefina.

Que ella se fue a España hace ocho años y le rompió el corazón.

Que él se enfrentó a su familia por ella, que casi lo desheredan, y cuando ella lo dejó, perdió la cabeza.

"Buscó noventa y nueve mujeres que se le parecieran", dijo Aldo, bajando la voz. "Noventa y nueve, Renata. Una por una. Pensando que si encontraba a una igual, el dolor pasaba."

Me quedé sin aire.

"¿Parecidas... a ella?"

"Todas igualitas. Pelo largo, negro, flaquitas, ojos oscuros." Suspiró, emocionado. "Eso es un hombre enamorado. Qué profundidad, ¿no?"

Me miré las manos.

Largo y negro era mi pelo.

Flaquita era mi cuerpo.

Oscuros, mis ojos.

"Y ahora vuelve", siguió Aldo. "Se divorció. Él se enteró hace una semana. Lleva siete días sin dormir."

Las puertas automáticas se abrieron.

Un grupo de pasajeros empezó a salir con maletas.

Entre ellos, una mujer de unos veintisiete años, con el pelo largo recién alisado, los ojos oscuros y un abrigo claro.

Parecía mi hermana.

Parecía yo.

Mejor dicho: yo parecía ella.

Valentín dio un paso al frente.

Le tendió las rosas blancas con las dos manos, temblando.

Ella soltó la maleta.

Se echó a llorar.

Y se lanzó a sus brazos.

Lo vi cerrar los ojos.

Lo vi besarle el pelo, apretarla contra el pecho, como a una vida entera que volvía.

Aldo se secó una lágrima.

"Qué bonito", susurró. "Qué bonito es el amor de verdad."

Yo no dije nada.

Me quedé mirando la escena durante un largo, largo rato.

Mi hermano nunca supo que a su lado estaba parada una de las noventa y nueve.

La número noventa y nueve y medio.

La que se quedó tres años.

Luego di media vuelta.

Caminé hasta el carro con las piernas firmes.

Conduje hasta una clínica de Chicó que conocía de memoria, porque esa misma mañana, antes de que él se fuera, había tenido allí la ecografía.

Un latido pequeño en la pantalla.

Ocho semanas.

Entré a la consulta de la ginecóloga sin cita.

La doctora levantó la vista del escritorio.

"Señorita Gaviria. ¿Qué pasó? Esta mañana estaba tan contenta."

Me senté frente a ella.

Tenía la voz tranquila.

Muy tranquila.

"Doctora", dije. "No quiero tener a este bebé."

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