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Amor profundo que llega tarde, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: La nieve

Ignacia empuja a Isabel en una avalancha, Tobías se lleva a Ignacia, ella queda siete días enterrada, hace un pacto con la Diosa de la luna y, cuando la sacan, solo dice 'está bien'.

El estruendo vino de arriba, como un trueno que se despega de las nubes.

Estábamos en la ladera norte de Cordón Blanco, a dos mil ochocientos metros, con los esquís puestos y el cielo limpio.

Éramos cuatro: Tobías, mi novio de cinco años, mi prima Ignacia, un guía de la estación y yo.

Faltaban seis semanas para mi boda.

"¡Avalancha!", gritó el guía.

La nieve se descolgó desde la cresta con un rugido blanco.

Tobías gritó mi nombre.

Giré hacia él.

Entonces sentí una mano en la espalda.

Una mano pequeña, fuerte, de dedos largos.

Ignacia me empujó con las dos manos, de lleno, hacia el borde de la ladera.

"Perdón, prima", dijo en mi oído, y no sonó a perdón.

Caí de costado.

El mundo se volvió una masa de frío y de ruido.

Me arrastró.

Giré tres, cuatro veces, con la cara llena de nieve.

Choqué contra una roca y vi estrellas.

Después, el peso.

Una losa blanca me cubrió las piernas, el pecho, la cabeza.

Dejé de oír.

Dejé de ver.

Escupí, y la nieve de mi boca se pegó al labio como cemento.

Estaba enterrada.

Moví una mano.

Tenía un hueco del tamaño de un puño frente a la cara, con un poco de aire que olía a hielo.

Arriba, muy lejos, oí algo.

Unos pasos.

Gritos amortiguados.

"¡Tobías!", intenté gritar. "¡Estoy aquí!"

La voz me salió como un hilo.

Pero él debió oírme.

Estoy segura de que me oyó.

Lo escuché hablar con una claridad horrible, a pocos metros de mi tumba.

"Nacha, ¿estás bien? ¿Te lastimaste? ¡Mírame!"

"Los brazos...", sollozó Ignacia. "Me duelen los brazos."

"Tranquila. Ya te saco de aquí."

"¿Y Isa?"

Hubo un silencio.

"Isa tiene su casco y sus esquís", respondió Tobías, con una voz que no le conocía. "Ya vendrán los rescatistas por ella."

Y se fue.

Escuché las pisadas alejarse sobre la nieve, cada vez más lejos, con el ruido de un hombre que corre cargando algo en brazos.

Me quedé sola.

No sé cuánto tiempo pasó.

Dormí.

Desperté.

Volví a dormir.

El frío dejó de dolerme.

Eso me asustó más que el dolor.

Pensé en mi madre y en el vestido de novia guardado en una bolsa de tela.

Pensé en la risa de Tobías cuando me enseñó a esquiar.

Pensé: se acabó.

Y entonces la nieve brilló.

Una luz blanca, suave, que no venía de ningún lugar, llenó el hueco que tenía delante.

"No estás sola", dijo una voz.

No era de hombre ni de mujer.

Era clara, antigua, como el sonido de un vaso lleno de agua.

"¿Quién eres?", pregunté, sin mover los labios.

"La que mira desde arriba. La que ve a los que se quedan atrás."

La Señora de la Luna.

Mi abuela la nombraba en el campo, cuando se iba la luz.

Decía que mandaba en las mareas y en los perdidos.

Nunca creí en ella.

"Puedo mantenerte viva", dijo la voz. "Siete días, bajo la nieve, sin hambre y sin frío. Hasta que vengan por ti."

"¿Y qué quieres a cambio?"

"Lo más valioso que tengas."

"No tengo nada."

"Tienes un amor."

Cerré los ojos.

Lo vi entero: la cara de Tobías, su mano en mi nuca, su voz leyéndome mensajes antes de dormir.

Vi también su espalda, alejándose.

"Cuando te saquen, tendrás seis noches más", dijo la voz.

"A la sexta, con la luna llena, te llevaré el amor que le tienes."

"Y también tus recuerdos con él, los buenos y los malos."

"Olvidarás todo lo que ese hombre fue para ti."

"¿Por qué?"

"Es el precio."

Pensé en lo que él había dicho.

Isa tiene su casco.

"Acepto", dije.

La luz se apagó.

Al séptimo día oí un ladrido.

Después palas, voces y una mano enguantada que me sacó del hielo con una fuerza enorme.

"¡La tengo!", gritó un hombre. "¡Respira! ¡Está viva!"

Abrí los ojos.

Vi una cara morena, con barba, y unos ojos negros llenos de espanto.

"Soy Lautaro", dijo. "Del cuerpo de socorro andino. Te vamos a sacar de aquí."

"Sí", susurré.

Me envolvieron en mantas.

Me bajaron en camilla hasta la base.

Y allá, bajo las luces de la clínica, en el pasillo blanco, estaba Tobías.

Tenía la camisa limpia y los ojos furiosos.

"Mírala", le dijo a alguien que no vi. "Está bien. Está perfectamente bien."

Se acercó a mi camilla.

"Ignacia tiene el brazo en cabestrillo por tu culpa", dijo. "Dice que fuiste tú quien la empujó primero."

Lo miré.

"Deberías agradecer que Nacha no se lastimó las manos. Es violonchelista. Si hubiera pasado algo, solo muriendo en esa nieve podrías haberlo pagado."

La enfermera contuvo una exclamación.

"La boda queda postergada", añadió. "Hasta que reflexiones sobre lo que hiciste. Cuando estés lista, hablamos."

Esperaba que gritara.

Que llorara.

Que armara un escándalo.

Lo vi en su cara.

Yo solo asentí.

"Está bien", dije.

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