Amor, Traición y Venganza: mi segunda vida, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La noche del trato
Zoraida renace en el comedor de los Fontalvo, con su hijo en brazos, y rechaza la boda; Uriel dice que le avisará a Nubia.
Lo último que sentí fue el agua entrando por la nariz.
Lo último que vi fue la manguera de oxígeno de mi hijo flotando lejos de su boca.
Después hubo oscuridad, y después hubo una lámpara de lágrimas de cristal sobre mi cabeza.
Respiré hondo, y el aire me quemó los pulmones como si fuera la primera vez.
Estaba sentada a una mesa larga, con un mantel de encaje amarillento.
Tenía a Bastián dormido contra mi pecho, con su cangrejo de peluche apretado en el puño.
Pesaba, y estaba tibio, y estaba vivo.
Le olí el pelo, y me puse a llorar sin hacer ruido.
"Zoraida, ¿te sientes mal?", preguntó Hermelinda Fontalvo desde la cabecera.
Reconocí el comedor de los Fontalvo antes de reconocerla a ella.
Las cortinas de terciopelo gastado, los retratos de los abuelos hoteleros, el candelabro al que le faltaban dos brazos.
Y reconocí la noche.
Era la noche en que yo había puesto a mi hijo sobre esa mesa como una carta de póker.
"Estoy bien, doña Hermelinda", dije, y mi voz salió ronca.
A mi lado, Uriel me miraba con la ceja levantada, y con esa media sonrisa de hombre educado.
Tenía treinta y un años, camisa blanca y manos tranquilas.
Esas manos me habían arrancado el aire del cuerpo, y ahora estaban jugando con una cucharita.
Sentí el pecho apretarse hasta doler.
Mi padre me había ordenado esa cena, y me había ordenado cómo hablar.
Yo había aceptado, porque tres años antes me había enamorado de este hombre en una sola noche.
Había creído que él nunca volvió porque era orgulloso.
Nunca volvió porque ya tenía novia.
"Entonces", dijo Hermelinda, y cortó un trozo de pargo con precisión, "estamos aquí para hablar del niño."
"Del niño", repetí.
"Es evidente de quién es", dijo ella. "Tiene la barbilla de la familia."
"Mamá", murmuró Uriel, sin convicción.
"Los Fontalvo hemos perdido el hotel, la casa de Bocagrande y la hipoteca del patio", siguió ella. "No vamos a perder también un nieto."
Ahí estaba la trampa, servida en plato de porcelana.
La vez anterior, yo había contestado: "Si no se casa conmigo, mi padre cobrará la deuda de ustedes mañana."
Mi padre era dueño de esa deuda.
Yo le había pedido el favor de usarla.
Recordé cómo se me había hinchado el pecho de orgullo al decirlo.
Recordé la boda en el Club de Pesca, y el vestido que apenas respiraba.
Recordé una carta de despedida que alguien leyó en voz alta entre los invitados, porque una mujer llamada Nubia se había lanzado al mar esa misma mañana.
Recordé a Uriel sonriendo en el altar, con los ojos vacíos.
Y recordé el buceo de aniversario, el casco de la lancha, la mano de él en mi manguera.
Bastián, pataleando en el agua verde, mirándome sin entender.
Dejé la servilleta sobre la mesa muy despacio.
"Doña Hermelinda", dije, "gracias por la cena."
"Todavía no hemos hablado del arreglo."
"No habrá arreglo."
Hubo un silencio en el que escuché el reloj de pared.
Uriel dejó la cucharita.
"Zoraida", dijo, "no estamos hablando de dinero. Estamos hablando de nuestro hijo."
Qué bien le salía la palabra "nuestro".
Casi me engañó por segunda vez.
"Mi hijo", corregí. "Se llama Bastián Mendivil, y lo he criado yo sola dos años y diez meses."
"Y ahora estoy aquí para ayudarte."
"Hace dos años y diez meses no estabas."
"No sabía."
"Supiste el mismo día. Tu madre pagó el hotel, ¿no?"
Lo dije sin pensar.
En la otra vida, meses después, encontré en un cajón un recibo del hotel viejo a nombre de ella, y nunca supe leerlo.
El tenedor de Hermelinda quedó suspendido.
Uriel parpadeó una sola vez.
Eso me bastó.
"¿Qué insinúas?", preguntó ella.
"Nada", dije, y me levanté con Bastián en brazos. "Insinuar es de gente que no sabe. Yo no voy a casarme con su hijo."
"Tu padre..."
"Mi padre no sabe que estoy aquí diciendo esto. Lo sabrá mañana."
Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta.
Me temblaban las piernas, pero caminé.
Bastián se removió y abrió los ojos, oscuros como los míos.
"Mamá, agua", susurró.
Casi me caigo ahí mismo.
"Ya vamos, amor", le dije. "Aquí no hay agua."
Alguien me alcanzó en el recibidor.
Uriel, con una mano apoyada en el marco de la puerta.
No me tocó, y esa fue su primera diferencia con el hombre que yo recordaba.
Todavía no tenía el odio.
Solo tenía el cálculo.
"Zoraida, piénsalo", dijo en voz baja. "Una familia es mejor que una pelea."
"Suena bien."
"Podemos ser buenos para Bastián."
"Suena mejor."
"Entonces, ¿por qué te vas?"
Lo miré a los ojos, de frente, por primera vez en las dos vidas.
"Porque en este comedor ya te vi hacerlo", dije.
No entendió, claro.
Frunció el ceño, y yo salí a la noche de Cartagena, con el olor a sal y a jazmín del muro.
Cuando ya tenía la mano en la puerta del carro, escuché su voz otra vez, sin ninguna suavidad.
Hablaba con su madre, que lo había seguido hasta el portón.
"Está bien", dijo Uriel. "Si ella no quiere, tendrá que ser como lo hablamos."
"¿Y Nubia?"
"Le diré a Nubia que me espere."
Cerré la puerta del carro y apreté a mi hijo contra el pecho.
Me quedaba un nombre vivo, y una decisión.
Ya no iba a ser la mujer que se ahogó.