Amor, Traición y Venganza: mi segunda vida, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Papá
Su padre le quita todo por negarse; Zoraida se muda a la playa y conoce a Laureano, hasta que Uriel llega en lancha con un anillo.
Mi padre me esperaba en la oficina con las manos sobre el escritorio, como cuando firmaba un embargo.
La junta directiva estaba sentada alrededor de la mesa larga, seis hombres y una mujer que no levantaron la vista.
Había pedido que fuera una reunión privada, y él la había vuelto pública.
Eso era mi padre.
"Siéntate", dijo.
"Prefiero estar de pie."
"Siéntate, Zoraida."
Me senté, porque no quería perder la pelea por una silla.
"Hermelinda Fontalvo me llamó anoche llorando", dijo. "Dijo que humillaste a su hijo delante del niño."
"Lo humillé por decir la verdad."
"¿Cuál verdad?"
"Que no quiero casarme con él."
Los seis hombres se movieron en sus sillas a la vez.
"Tienes veintiocho años y un hijo sin apellido", dijo mi padre. "Tu madre, que en paz descanse, habría querido verte casada."
"Mi madre habría querido verme viva."
Hubo un silencio raro.
"Esa no es una respuesta."
"Es la única que tengo, usted."
Se quitó los lentes y los dejó sobre el escritorio.
"Escúchame bien. Los Fontalvo son una familia con mala suerte. Yo compré su deuda para que tuvieran con qué agradecerme. El niño es hijo de Uriel. Un Mendivil no crece sin padre."
"Crece con una madre."
"Con una madre sin marido."
"Mejor sin marido que con ese."
"Zoraida."
"Papá."
Era la primera vez en años que lo llamaba así.
Se le aflojó un músculo de la mandíbula, solo un instante.
Después volvió a endurecerse.
"Si no te casas, se acaba la tarjeta", dijo. "Se acaba el apartamento. Se acaba tu puesto en la naviera. Y el niño no va a tener el colegio que le tenía pensado."
"Está bien."
"¿Está bien?"
"Está bien."
Me levanté.
Los seis hombres me miraron como si hubiera encendido un fósforo en una bodega.
"No cuentes con mi perdón", dijo mi padre.
"No cuento con nada suyo, usted. Por eso me siento más ligera."
Dejé sobre la mesa la tarjeta negra que me había dado a los veintidós años, y me fui.
Al salir, la mujer de la junta me dio una mirada breve, casi una sonrisa.
Esa tarde llevé a Bastián a la casa de playa de mi madre, en Barú.
No era de mi padre.
Mi madre la había comprado con su sueldo de arquitecta, mucho antes de casarse, y la había dejado a mi nombre en una escritura que mi padre había olvidado.
Era de madera blanca y tenía tres cuartos, un patio de arena y una hamaca que olía a sal.
Hacía cuatro años que nadie la abría.
Abrí las ventanas, y el mar entró en la sala, azul, enorme, sin permiso.
Se me cerró la garganta.
Bastián corrió hasta la orilla gritando de felicidad, con su cangrejo en la mano.
Y yo me quedé en el umbral, aferrada al marco, sin atreverme a bajar al patio.
Veía el agua y escuchaba ruido de burbujas.
"¿Quiere que le lleve al niño?", dijo una voz grave, desde la valla.
Me di la vuelta.
Un hombre alto, de hombros anchos, estaba apoyado en el alambre del vecino, con una camiseta descolorida y una toalla al cuello.
Tenía la barba corta, el pelo castaño con puntas quemadas de sol y una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda.
"Perdón", dije. "¿Cómo?"
"Que está parado muy cerca del agua, y usted muy lejos."
"Se llama Bastián."
"Y a usted, ¿cómo le digo?"
"Zoraida."
"Laureano Urueta. Buceo Urueta, aquí al lado."
Se acercó y le tendió la mano a mi hijo, que lo miró con el cangrejo en alto.
"¿Este es tu amigo?", preguntó Laureano, muy serio.
"Se llama Pinzas."
"Mucho gusto, Pinzas."
Bastián se rio por primera vez en dos días.
Lo vi sacar de un bolsillo un caracol pequeño y dárselo con la palma abierta, sin invadir.
Me ardieron los ojos de golpe.
"Gracias", dije.
"No es nada. Los caracoles sobran." Me miró un momento más de lo necesario. "¿Se queda mucho?"
"No sé todavía."
"Esa casa estuvo cerrada años. Usted tiene la cara de la dueña."
"Era mi madre."
"Entonces es bienvenida."
Lo dijo sin adornos, como quien informa la hora.
Y me di cuenta de que llevaba dos días sin sentir miedo de un hombre.
Esa noche arropé a Bastián en el cuarto del frente, y me senté en la hamaca con una taza de café del vecino.
Laureano me la había dejado en la valla, sin pedir que lo invitara a pasar.
Escuché las olas.
No me ahogué en ellas.
Me quedé escuchando.
Al amanecer escuché un motor.
Pensé en Laureano, porque tenía una lancha.
Salí al patio, descalza, con el pelo revuelto.
No era Laureano.
Una lancha blanca con el nombre FONTALVO en letras doradas se arrimó al muelle de mi madre.
Uriel iba de pie en la proa, con una camisa de lino y un ramo de rosas blancas en el brazo.
En la otra mano llevaba una cajita de terciopelo azul.
Me sonrió como si hubiéramos acordado todo esa mañana.
"Zoraida", gritó por encima del motor, "tengo que decirte algo importante."
Y abrió la caja.